En los pequeños actos de la vida cotidiana suceden las cosas que verdaderamente nos importan. Las rupturas y discontinuidades que irrumpen cada día son las que hacen que los recordemos a unos, más que a otros. Mi intención en este blog, es la de acopiar historias, relatos, reflexiones, anécdotas, sensaciones que privilegien el día a día, para que alguna vez puedan ser contados.
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ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA
ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA
Unas veces, salen sin pedir permiso y te piden que las pongas en algún lugar, como si estuvieras hablando y a las palabras se las llevara el blog. Otras veces, las encontrás en borradores que habías descartado y las ponés así, revueltas, desordenadas, como la ropa vieja que se cocina con lo que quedó de la noche anterior. Palabras que desean tocar, pellizcar, acariciar, poner la oreja y encontrarse con otras que al igual que ellas desean salir de alguna garganta.
sábado, 26 de marzo de 2011
La Plaza
Más allá de las expresiones que se visibilizan en las plazas, sobre todo en eventos tan significativos como los de mantener viva la memoria, hay quienes también atraviesan esa euforia de volver a creer, pero en su plaza de adentro. Esa que pertenece al país interior que hemos ido construyendo en nuestros deseos. Por distintos motivos y porque somos un país complejo y diverso, algunos compartimos a veces esa euforia cuerpo a cuerpo, entre la multitud y la muchedumbre y otras, levantamos carteles y pancartas desde nuestra plaza interior, expectantes al día en que seremos protagonistas de un voto que nos mantenga en este proyecto, en esta ilusión que poco a poco se concreta. Todo sirve, menos la indiferencia.
La plaza de adentro
Verso escolar para recitar en la escuela de la memoria.
Llevo la plaza por dentro, habitada de palomas
y de gritos y de madres; y de niños y de aromas
Llevo la plaza por dentro, cada vez que estoy hablando,
porque la plaza es mi idea de lo bueno y de lo malo
La plaza que está en mi alma, tiene árboles frondosos
y banderas que flamean y colores que son todos
la plaza que está en mi alma está en plena ebullición
casi nunca está callada esperando la función.
La plaza de mi país soporta vientos y lluvias,
es tiempo, historia, penurias y alegrías encontradas
la plaza de mi país tiene un clima soberano,
son minutos de silencio tomaditos de la mano.
En mi plaza se adivinan palabras y melodías
de voces que no han prohibido, porque han quedado sin vida
En mi plaza se adivina todo lo que pudo ser
Y por eso la memoria nos obliga a renacer.
viernes, 25 de marzo de 2011
THE MYSTERY'S SOCKS.
O... Esas locas, locas medias.
Las medias se divierten, saben que son medias y casi siempre son leales a su condición. Todo lo que va “de a dos” a veces se separa para aislarse en algún rincón e intentar ser uno mismo. Otras veces, se amucha en comunidad y se mezcla hasta que viene alguien y la asifixia anudándola con la esperanza de que recapacite y vuelva con su compañera.
Saben que hacen enojar, que fastidian; y, sin embargo insisten en el principio de individualidad que las conforma.
A diferencia de nosotros, aman la diversidad y les gusta juntarse con las más chicas para gastarles bromas o con las más grandes para sentirse más importantes. Les encantaría salir con otras de diferentes colores y cuando alguien les brinda esa posibilidad, aunque sea agujereadas, salen felices porque se liberan del nudo – cárcel al que habían estado confinadas por libertinas y caprichosas.
A pesar de conocer los riesgos de andar sueltas, son osadas, aunque conscientes que pueden terminar siendo ropa para las muñecas o títeres para captar la atención de los más pequeños; y eso no sería nada a comparación de quedar embadurnadas de cera, cara al piso, humilladas y duras.
La libertad tiene sus riesgos y esto depende del sistema al que ellas hayan adscripto. Presas de las obsesiones de algunos, quizás tengan una vida tranquila y feliz, siempre de a dos, lavaditas, cosiditas y sin sobresaltos. Pero si les toca vivir en la anarquía y el desenfado, conocerán verdaderamente todos los climas y paisajes posibles.: estar debajo de la cama haraganeando quién sabe cuánto tiempo; o aún mejor, pasarse días adentro de las sábanas en los inviernos más crudos; quedar en algún bolso y salir a recorrer el mundo; o en la casa de otro y esperar a que alguna vez el dueño se acerque a buscarlas.
Como no tienen nariz, les es más fácil hacer amistades y se compadecen de quienes tiene que tapar sus orificios para tomarlas.
Más allá de la suerte que cada una corra al salir de las tiendas, les fascina ser “misterio” y que sus dueños hablen de ellas, más que por el calorcito que les dan, por sus insubordinaciones..
Como sucede con los pueblos, desconocen el poder que tendrían si se juntaran todas las que perdieron su par.
Y echaran a volar
y cubrieran el cielo de texturas y colores
y nos dejaran sin sol.
Las medias se divierten, saben que son medias y casi siempre son leales a su condición. Todo lo que va “de a dos” a veces se separa para aislarse en algún rincón e intentar ser uno mismo. Otras veces, se amucha en comunidad y se mezcla hasta que viene alguien y la asifixia anudándola con la esperanza de que recapacite y vuelva con su compañera.
Saben que hacen enojar, que fastidian; y, sin embargo insisten en el principio de individualidad que las conforma.
A diferencia de nosotros, aman la diversidad y les gusta juntarse con las más chicas para gastarles bromas o con las más grandes para sentirse más importantes. Les encantaría salir con otras de diferentes colores y cuando alguien les brinda esa posibilidad, aunque sea agujereadas, salen felices porque se liberan del nudo – cárcel al que habían estado confinadas por libertinas y caprichosas.
A pesar de conocer los riesgos de andar sueltas, son osadas, aunque conscientes que pueden terminar siendo ropa para las muñecas o títeres para captar la atención de los más pequeños; y eso no sería nada a comparación de quedar embadurnadas de cera, cara al piso, humilladas y duras.
La libertad tiene sus riesgos y esto depende del sistema al que ellas hayan adscripto. Presas de las obsesiones de algunos, quizás tengan una vida tranquila y feliz, siempre de a dos, lavaditas, cosiditas y sin sobresaltos. Pero si les toca vivir en la anarquía y el desenfado, conocerán verdaderamente todos los climas y paisajes posibles.: estar debajo de la cama haraganeando quién sabe cuánto tiempo; o aún mejor, pasarse días adentro de las sábanas en los inviernos más crudos; quedar en algún bolso y salir a recorrer el mundo; o en la casa de otro y esperar a que alguna vez el dueño se acerque a buscarlas.
Como no tienen nariz, les es más fácil hacer amistades y se compadecen de quienes tiene que tapar sus orificios para tomarlas.
Más allá de la suerte que cada una corra al salir de las tiendas, les fascina ser “misterio” y que sus dueños hablen de ellas, más que por el calorcito que les dan, por sus insubordinaciones..
Como sucede con los pueblos, desconocen el poder que tendrían si se juntaran todas las que perdieron su par.
Y echaran a volar
y cubrieran el cielo de texturas y colores
y nos dejaran sin sol.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Juegos en el subte mirando una foto
Instrucciones: hacer el esfuerzo de imaginar como un cuadro lo que está entre paréntesis (pensar el marco con total libertad, de acuerdo con el estilo de sus muebles, si así lo desea).
Si lo logra, usted es pintor/a y yo escritora. Hacemos un librito y después, vamo y vamo…
Una novia con cola (mujer con un hermoso vestido de corte tradicional con una tela de dos metros de largo)
Una cola sin novia (parte del vestido apoyado en una silla mientras espera a ser cocido al resto, en la casa de la modista)
Una cola con novia (ella esperando en el laboratorio de análisis prenupciales, ansiosa aunque un poco dormida)
Una novia sin cola (mujer delgada mirándose al espejo e imaginándose cómo va a quedar el vestido bien abuchonado detrás)
Una cola con cola (padrinos, testigos, parientes detrás de la novia, ya en la iglesia)
Una novia con novia (bueno…la nueva Ley)
Un cola sin cola (novia ya en el hotel mostrándose a su media naranja tal cual vino al mundo)
Una novia sin novia (una vez consumado el hecho: las dos esposas)
Si lo logra, usted es pintor/a y yo escritora. Hacemos un librito y después, vamo y vamo…
Una novia con cola (mujer con un hermoso vestido de corte tradicional con una tela de dos metros de largo)
Una cola sin novia (parte del vestido apoyado en una silla mientras espera a ser cocido al resto, en la casa de la modista)
Una cola con novia (ella esperando en el laboratorio de análisis prenupciales, ansiosa aunque un poco dormida)
Una novia sin cola (mujer delgada mirándose al espejo e imaginándose cómo va a quedar el vestido bien abuchonado detrás)
Una cola con cola (padrinos, testigos, parientes detrás de la novia, ya en la iglesia)
Una novia con novia (bueno…la nueva Ley)
Un cola sin cola (novia ya en el hotel mostrándose a su media naranja tal cual vino al mundo)
Una novia sin novia (una vez consumado el hecho: las dos esposas)
martes, 22 de marzo de 2011
IMÁGENES
De la Ropa vieja que quedó guardada en un cajón, hoy la comparto:
Flecos de un sillón cortado con tijeras fraternas, confabuladas por la ausencia de los padres;
ríos de aceite conteniendo un bajito ávido de exploración,
automóviles de arena fabricados con paciencia de padre veinteañero;
sutura de cabeza y pedido de auxilio que inunda los pasillos de la clínica;
fealdad que sale de mi cuerpo y promete ser belleza;
tetas que al fin tienen un sentido;
gordura hecha de ternura y silencio, inteligencia y humor;
siesta que anuncia la llegada de un rubio desconcierto,
desafío de desafíos que aún nos mantiene interrogando.
Borges, Cortazar, Kundera y tantos otros metiéndose en la casa para compartir el fuego.
Juego de números y cintas rojas que sacan chispas de eso que es amor, así de simple, así de sonso, así de sincero.
Llantos secretos a los que no tuve acceso, llantos silenciosos y solitarios que no pude acompañar, tampoco comprender;
llantos de los que hubiera bebido hasta la última gota con tal de que no mojen esos ojos;
carcajadas de Fabianes que ya no aplastan, pero son como el buen vino al recordar.
Amor a borbotones a la hora del chat.
Dedos que no alcanzan a abrazar. Deseo ridículo de no soltarlos.
Desubicado orgullo de boletines rojos pegados en la heladera. Miedo a lo que vendrá si no reprimo. Y no reprimo.
Admiración de los fragmentos de padre que llevan encima.
Esperanza de lo que no pude ser y está encendido en cada uno.
Sueños de asados compartidos, de amigos que no paran de llegar porque los aman.
Confirmación de que algo bueno hemos hecho.
Descarado desorden que preserva mi maternidad.
Tango, circo, pesca, música, guión.
Litertatura, computadora, inglés, alcohol.
Tenis, tesis, Hipótesis.
Millones de Tamys rosas, juguetes tirados con enojo, duendes de maestra jardinera que se fueron para siempre, bicicletas navideñas, papá noel con sábanas de padres;
el último sonido de un tren que nos confirma que todo pasa, que la niñez tiene un tiempo.
Laguna de los padres, pasteles de membrillo y de batata, lista del abuelo para no olvidarse;
La Florida, las nueces, los higos, pelopincho que Picha llenó de nietos a fuerza de quiniela.
Truco, carioca, trampa y risas tan groseras como simples.
La Rioja 3742, pasillo largo, fino, selvático; puertas y ventanas abiertas para quien quiera entrar.
Arreglos tras arreglos que no arreglan nada; juego de arquitecto con alambre;
puertas de menos, techos de más que no abastecen;
Tristezas y angustias de agua fría e inviernos de salamandra.
Neumonía de quien proteje sin ser héroe.
Pizzas, empanadas, deliverys que denuncian la falta de un ama de casa.
Torta de cuacker, culposa y rendidora.
Fideos caseros que preservan la historia.
Ravioles que intentan resucitarla y no lo logran.
Helado de dulce de leche que no vuelve.
Y Catamarca 3342, rancho – palacio siempre cercado por la felicidad.
Salsas, cuentos y poesías que superan a la madre.
Música que nos enreda y nos teje.
Vecino oso que iverna con amigos y cada tanto nos saluda,
pero que no es más que un “tivo más”, un “taxi más”; un almohadón para besar hasta el cansancio.
Arrugas que se estrenan cada día;
Calores y raquetas que no encajan;
Pino pong de tenis y filosofía de infancia; partido aún sin terminar;
Todo eso me sucede, atraviesa y avasalla. Sin cronologías, sin argumentos, sin justificaciones. Sólo imágenes. De eso se trata.
Flecos de un sillón cortado con tijeras fraternas, confabuladas por la ausencia de los padres;
ríos de aceite conteniendo un bajito ávido de exploración,
automóviles de arena fabricados con paciencia de padre veinteañero;
sutura de cabeza y pedido de auxilio que inunda los pasillos de la clínica;
fealdad que sale de mi cuerpo y promete ser belleza;
tetas que al fin tienen un sentido;
gordura hecha de ternura y silencio, inteligencia y humor;
siesta que anuncia la llegada de un rubio desconcierto,
desafío de desafíos que aún nos mantiene interrogando.
Borges, Cortazar, Kundera y tantos otros metiéndose en la casa para compartir el fuego.
Juego de números y cintas rojas que sacan chispas de eso que es amor, así de simple, así de sonso, así de sincero.
Llantos secretos a los que no tuve acceso, llantos silenciosos y solitarios que no pude acompañar, tampoco comprender;
llantos de los que hubiera bebido hasta la última gota con tal de que no mojen esos ojos;
carcajadas de Fabianes que ya no aplastan, pero son como el buen vino al recordar.
Amor a borbotones a la hora del chat.
Dedos que no alcanzan a abrazar. Deseo ridículo de no soltarlos.
Desubicado orgullo de boletines rojos pegados en la heladera. Miedo a lo que vendrá si no reprimo. Y no reprimo.
Admiración de los fragmentos de padre que llevan encima.
Esperanza de lo que no pude ser y está encendido en cada uno.
Sueños de asados compartidos, de amigos que no paran de llegar porque los aman.
Confirmación de que algo bueno hemos hecho.
Descarado desorden que preserva mi maternidad.
Tango, circo, pesca, música, guión.
Litertatura, computadora, inglés, alcohol.
Tenis, tesis, Hipótesis.
Millones de Tamys rosas, juguetes tirados con enojo, duendes de maestra jardinera que se fueron para siempre, bicicletas navideñas, papá noel con sábanas de padres;
el último sonido de un tren que nos confirma que todo pasa, que la niñez tiene un tiempo.
Laguna de los padres, pasteles de membrillo y de batata, lista del abuelo para no olvidarse;
La Florida, las nueces, los higos, pelopincho que Picha llenó de nietos a fuerza de quiniela.
Truco, carioca, trampa y risas tan groseras como simples.
La Rioja 3742, pasillo largo, fino, selvático; puertas y ventanas abiertas para quien quiera entrar.
Arreglos tras arreglos que no arreglan nada; juego de arquitecto con alambre;
puertas de menos, techos de más que no abastecen;
Tristezas y angustias de agua fría e inviernos de salamandra.
Neumonía de quien proteje sin ser héroe.
Pizzas, empanadas, deliverys que denuncian la falta de un ama de casa.
Torta de cuacker, culposa y rendidora.
Fideos caseros que preservan la historia.
Ravioles que intentan resucitarla y no lo logran.
Helado de dulce de leche que no vuelve.
Y Catamarca 3342, rancho – palacio siempre cercado por la felicidad.
Salsas, cuentos y poesías que superan a la madre.
Música que nos enreda y nos teje.
Vecino oso que iverna con amigos y cada tanto nos saluda,
pero que no es más que un “tivo más”, un “taxi más”; un almohadón para besar hasta el cansancio.
Arrugas que se estrenan cada día;
Calores y raquetas que no encajan;
Pino pong de tenis y filosofía de infancia; partido aún sin terminar;
Todo eso me sucede, atraviesa y avasalla. Sin cronologías, sin argumentos, sin justificaciones. Sólo imágenes. De eso se trata.
lunes, 21 de marzo de 2011
EXPERIMENDO: UN ROSCAZO AL CORAZÓN
Querido lector: sabrás que la palabra “experimento” significa para el diccionario: “probar prácticamente la eficacia y propiedades de una cosa; sentir algo como un cambio o un sentimiento”
Pero si te tomás el atrevimiento de cambiar tan solo la letra “t” por la “d” - ¡mirá qué poquito te estoy pidiendo! - observarás cómo te cambia la geografía. Y de pronto, sin saber por qué, te encontrás en San Luis preguntándote cómo una sola letra puede provocar tanto alboroto.
Experimendo no está en el diccionario ni en los libros; no te da puntaje, ni otorga premios. No se propone objetivos, ni se plantea metas; no tiene prólogo ni epílogo.
Experimendo es simplemente:
el sol adelante, la luna detrás;
abrir y cerrar la tranquera;
nutrir los duraznos;
descubrir el uvasal;
la plaza del pueblo;
una casa que rueda sorteando curvas al compás de la cumbia;
un réquiem, un madrigal;
una amo con tres perros hablando en alemán;
un estallido de carcajadas que acaba con tus mandíbulas;
poesía y desparpajo, en el mismo momento;
escenarios que parecen inventados, pero que están ahí aunque no lo creas;
un bombón con motor de cosechadora;
un puchero dividido en dos;
una palabra que te llega hasta la médula y te deja las orejas más grandes que la lengua;
un silencio profundo a la luz de la luna - llena - única;
una guerra de uno contra todos hasta que te dan el permiso de revertirla;
abrazos osos y agarradores;
una niña perfecta que parece de celulosa y sin embargo es de piel;
palabras que salen sin pedirle permiso a la Norma;
un piropo que te deja colorada;
un niño fastidioso que quiere comer puchero;
siete acertijos que encuentran respuesta y allá ellos lo que harán con ese hallazgo;
una fórmula secreta para practicar cada mañana.
Experimendo… ¡es un roscazo al corazón!
¡Gracias, Casero!
Pero si te tomás el atrevimiento de cambiar tan solo la letra “t” por la “d” - ¡mirá qué poquito te estoy pidiendo! - observarás cómo te cambia la geografía. Y de pronto, sin saber por qué, te encontrás en San Luis preguntándote cómo una sola letra puede provocar tanto alboroto.
Experimendo no está en el diccionario ni en los libros; no te da puntaje, ni otorga premios. No se propone objetivos, ni se plantea metas; no tiene prólogo ni epílogo.
Experimendo es simplemente:
el sol adelante, la luna detrás;
abrir y cerrar la tranquera;
nutrir los duraznos;
descubrir el uvasal;
la plaza del pueblo;
una casa que rueda sorteando curvas al compás de la cumbia;
un réquiem, un madrigal;
una amo con tres perros hablando en alemán;
un estallido de carcajadas que acaba con tus mandíbulas;
poesía y desparpajo, en el mismo momento;
escenarios que parecen inventados, pero que están ahí aunque no lo creas;
un bombón con motor de cosechadora;
un puchero dividido en dos;
una palabra que te llega hasta la médula y te deja las orejas más grandes que la lengua;
un silencio profundo a la luz de la luna - llena - única;
una guerra de uno contra todos hasta que te dan el permiso de revertirla;
abrazos osos y agarradores;
una niña perfecta que parece de celulosa y sin embargo es de piel;
palabras que salen sin pedirle permiso a la Norma;
un piropo que te deja colorada;
un niño fastidioso que quiere comer puchero;
siete acertijos que encuentran respuesta y allá ellos lo que harán con ese hallazgo;
una fórmula secreta para practicar cada mañana.
Experimendo… ¡es un roscazo al corazón!
¡Gracias, Casero!
jueves, 17 de marzo de 2011
El lado oscuro
Más allá de los nuevos paradigmas que intentan complejizar la realidad, los dualismos existen y cada día, se hacen carne en nosotros. Porque es una simplificación que nos sirve para comprender el mundo. ¿Voy o no voy?, ¿me conviene o no me conviene?, “nada de grises, las cosas son blanco o negro”, “se me acaba de ocurrir una idea genial…no, es una porquería”; por no mencionar todo lo que “de a dos” nos define: zurdo o facho; macanudo o pelotudo; linda o inteligente.
Las exageraciones nos ayudan a posicionarnos como si un viento huracanado quisiera llevarnos quién sabe a dónde y nos aferráramos con brazos y piernas al tronco de un árbol. No me lleves hacia donde no quiero ir; éste es mi árbol, éste es mi lugar. Si me suelto, quién sabe dónde terminaré, el viento puede hacerme chocar con las paredes o llevarme tan lejos donde no me reconozca.
Dios y el Diablo; el bien y el mal.
En El Cisne negro se puede ver claramente esa dualidad, que es en definitiva lo que todos llevamos dentro. Es fácil protagonizar al Cisne blanco; la técnica y el esfuerzo de toda una vida pueden lograrlo; pero para encarnar al Cisne negro, hay que descontrolarse, dejarse llevar, sufrir las contradicciones, encontrar las pasiones ocultas que hemos aprendido a reprimir.
Alguna vez leí los primeros capítulos de Mujeres que corren con los lobos y la fórmula se repite, dejar salir lo salvaje que tenemos dentro.
El lado oscuro de la luna a veces se aparece en la vida cotidiana, frente a alguna situación límite; otras veces se asoma cuando queremos expresarnos y nos asusta. Dentro de las tantas cosas escritas y guardadas, alguna vez construí el personaje de una mujer que era mala con una niña y me asusté. Los personajes nos piden vidas que no todos estamos dispuestos a ofrecerles.
Por eso, a muchos de nosotros, las instituciones que nos enmarcan, nos alivian; nos restringen al universo acotado de lo correcto. Pero si abrimos esas puertas y quedamos a la intemperie, vaya a saber con quiénes de nosotros mismos nos encontramos.
Abrir puertas y ventanas,
dejarse atrapar por el cielo,
perderse en una tormenta sin piloto ni paraguas,
dejar la brújula,
olvidarse el reloj,
soltarse el pelo.
Y renacer, aunque lo creamos tarde.
Las exageraciones nos ayudan a posicionarnos como si un viento huracanado quisiera llevarnos quién sabe a dónde y nos aferráramos con brazos y piernas al tronco de un árbol. No me lleves hacia donde no quiero ir; éste es mi árbol, éste es mi lugar. Si me suelto, quién sabe dónde terminaré, el viento puede hacerme chocar con las paredes o llevarme tan lejos donde no me reconozca.
Dios y el Diablo; el bien y el mal.
En El Cisne negro se puede ver claramente esa dualidad, que es en definitiva lo que todos llevamos dentro. Es fácil protagonizar al Cisne blanco; la técnica y el esfuerzo de toda una vida pueden lograrlo; pero para encarnar al Cisne negro, hay que descontrolarse, dejarse llevar, sufrir las contradicciones, encontrar las pasiones ocultas que hemos aprendido a reprimir.
Alguna vez leí los primeros capítulos de Mujeres que corren con los lobos y la fórmula se repite, dejar salir lo salvaje que tenemos dentro.
El lado oscuro de la luna a veces se aparece en la vida cotidiana, frente a alguna situación límite; otras veces se asoma cuando queremos expresarnos y nos asusta. Dentro de las tantas cosas escritas y guardadas, alguna vez construí el personaje de una mujer que era mala con una niña y me asusté. Los personajes nos piden vidas que no todos estamos dispuestos a ofrecerles.
Por eso, a muchos de nosotros, las instituciones que nos enmarcan, nos alivian; nos restringen al universo acotado de lo correcto. Pero si abrimos esas puertas y quedamos a la intemperie, vaya a saber con quiénes de nosotros mismos nos encontramos.
Abrir puertas y ventanas,
dejarse atrapar por el cielo,
perderse en una tormenta sin piloto ni paraguas,
dejar la brújula,
olvidarse el reloj,
soltarse el pelo.
Y renacer, aunque lo creamos tarde.
martes, 15 de marzo de 2011
Lágrimas en pequeñas dosis
Dicen que somos, en gran parte, líquido.
Ese líquido es un mar de lágrimas.
Lágrimas contenidas por un cuerpo que las abarca y dosifica. Cuerpo filtro que se abre cada tanto para que salten inesperadamente y te vacíen tan sólo un poco.
Si las lloráramos todas juntas, nos secaríamos y no quedaría nada. Por eso, la distancia cotidiana con el otro, la simulación, el respeto, la ubicación, el recato, la diplomacia, los rituales.
Tengo lágrimas que estallan por salir, pero este aparato dosificador que es el carácter, las suelta sólo en el momento adecuado.
Lágrimas de agradecimiento, de admiración, de compasión, de pena, de alegría, de ternura, de tristeza, de incertidumbre y de miedo.
Todo nosotros somos lágrimas guardadas.
Ese líquido es un mar de lágrimas.
Lágrimas contenidas por un cuerpo que las abarca y dosifica. Cuerpo filtro que se abre cada tanto para que salten inesperadamente y te vacíen tan sólo un poco.
Si las lloráramos todas juntas, nos secaríamos y no quedaría nada. Por eso, la distancia cotidiana con el otro, la simulación, el respeto, la ubicación, el recato, la diplomacia, los rituales.
Tengo lágrimas que estallan por salir, pero este aparato dosificador que es el carácter, las suelta sólo en el momento adecuado.
Lágrimas de agradecimiento, de admiración, de compasión, de pena, de alegría, de ternura, de tristeza, de incertidumbre y de miedo.
Todo nosotros somos lágrimas guardadas.
lunes, 14 de marzo de 2011
No me olvides
Todo se presenta como un gran cuadro...
Un banco de madera con las patas de hierro forjado sostenidas al piso, una niña.
Varios bancos iguales a su alrededor, cada uno con una niña sentada esperando ansiosamente que le repartan la tarea.
Al frente, una maestra de primero, con su cabello y su cuerpo cubiertos por pesadas telas negras que cuelgan hasta el piso, y pecheras y binchas de telas blancas que al tocarlas, parecen de yeso.
El mes de octubre entrando sin permiso por una ventana que ha quedado abierta irrespetuosamente en el aula, moviendo atrevido, los flequillos de las niñas y casi despeinando algún pelito que escapa de las trenzas duras y compactas que con tanto esmero, obedeciendo a las reglas del colegio, han preparado sus madres a la mañana muy temprano.
El tercer día viernes del mes, que anuncia un fin de semana distinto teniendo a las niñas ocupadas en el mismo banco en el que otros viernes aprenden a sumar entusiasmadas y fruncen el seño cuando aparecen las cuentas de restar.
Y un anuncio terminante: - ¡hoy vamos a cerrar todos los cuadernos y a dejar los bancos vacíos para la siguiente actividad! –
Detrás, una explicación por demás obvia, aunque necesaria. - ¿Se acuerdan de las tarjetitas que escribieron la semana pasada en la hora de Lengua para su mamá?, me he encargado de revisar una por una para que no haya ninguna falta de ortografía – Ahora se las voy a entregar y vamos a pegarle sobre el costado derecho, unas flores de “No me olvides” que la hermana Hortensia con mucho cuidado sacó del Jardín del colegio -
Un reparto de tarjetas en el que las niñas habían escrito las mismas palabras, dictadas por la maestra para regalar a sus madres el día domingo. En lo único que diferían unas de otras, era en el nombre, que debía estar escrito justo en la parte de abajo, del lado izquierdo, para dejarle espacio a la flor.
La misma voz, mencionando uno y otro nombre, a medida que las niñas se levantaban para buscar su tarjeta. – Estela, ¿a ver qué dice acá? ¡muy bien!: “Felicidades en tu día, mamá. Te quiere mucho. Estelita “, María Inés “Felicidades en tu día, mamá. Te quiere mucho. Inesita” - .
Una sorpresa, la de la niña sentada en el banco al escuchar con voz irónica y burlona - ¿Quién es Patito? - y nadie respondiendo.
Otra vez la voz que insistente y enojada vuelve a preguntar. - ¿Me quieren decir quién es Patito? -
Y una trampa mortal que anuncia un final ineludible.
– Está bien, voy a seguir repartiendo las tarjetas y cuando todas las niñas tengan la suya en sus bancos, nos daremos cuenta indefectiblemente de quién es Patito –
Una niña, con las trenzas tan finitas como sus piernas, y la cara colorada avanzando hacia las orejas, que levanta su mano y dice con voz disfónica y casi imperceptible: - ¡esa tarjeta es la mía! -
Una maestra inquisidora que insiste en descubrir el motivo de semejante trasgresión. - ¿no sabía que tenías el nombre de un animal?, ¿se puede saber por qué, Patito? Vení, acercate al frente así le contás a todas tus compañeras - .
Un momento, que quedará en la memoria de esa niña y será el motivo de una anécdota que su madre contará años tras año, los terceros domingos del mes de octubre. – Yo puse patito, porque así es como me dice mi mamá en secreto cuando me levanta a la mañana para venir al colegio –
Unas flores “No me olvides”, que se encargan de sellar ese recuerdo para siempre.
Una caja, en la que después de tantos años sigue guardada la tarjeta, con las flores marchitas y el Patito siempre en el mismo lugar: abajo y a la izquierda.
Una mujer, que al fin descubre, por qué la S de su firma se asemeja a la de un pato. Una madre que ya no está y un Patito, que saldrá de la laguna del olvido, cada tercer domingo de octubre y volverá a ser anécdota generación, tras generación.
domingo, 13 de marzo de 2011
Lo que usted diga
Profesor: ¿cómo describo al personaje?, y…tenés que tratar que la información que brindás sea la estrictamente necesaria para ese momento. Ahhhh…porque en el cuento quiero poner que es un hombre de mediana edad, nariz aguileña y cabello erizado como las ovejas blancas. ¿Cómo las ovejas blancas?, ¿pero no decís que es de mediana edad? Bueno es que justamente esa es la singularidad del personaje. Mirá, vos tenés que desarrollar una acción y ahí, metés la descripción del personaje. Podés decir que cuando se dirigía hacia una oficina a retirar un sobre, que quedaba en el octavo piso, subió de a pie. Y ya eso te da la pauta de un rasgo. ¿Qué rasgo…que es fóbico, por ejemplo? Claro!!, y en otro momento decís…mientras subía jugaba con los rulos de su cabello, que era blanco como el de una oveja. Bien, puede ser…pero en ese caso sólo tengo el dato de un tipo fóbico y de cabello blanco. A ver joven, acá lo que sobran son ideas. Pero tendrían que salir de vos, de eso se trata el taller. Podrías decir que, cuando iba por las escaleras, subía dos pisos y bajaba diez escalones; subía tres pisos y bajaba quince. Ahh...¿como si estuviera dubitativo? Claro…y eso te va dando, además, la pauta de que el sobre que tiene que ir a buscar no es un simple trámite. Pero todavía no puse que es de mediana edad y tampoco lo de la nariz aguileña. Todo a su tiempo…el tipo toca el timbre de la oficina y lo recibe una señorita de unos treinta años, algunos menos que él…listo con la edad. ¿Y con la nariz?, ¿dónde pongo lo de la nariz?...la señorita le dijo que esperara un momento y entre cerró la puerta para ir a buscar el sobre; él, por curiosidad, se asomó y alguien que pasaba por adentro la quiso cerrar del todo, habiéndose topado con su nariz aguileña. Gracias profesor!, lo que no sé es cómo voy a resolver el cuento, porque en realidad se trataba de un tipo de mediana edad y cabello erizado como las ovejas blancas que estaba por casarse con una mujer de corta edad con el cabello lacio y duro como las crines de un caballo. Iba a describir lo duro de la vida en el campo, pero si hay que poner lo de la oficina, lo del sobre y lo de las escaleras, se pone. Lo que usted diga profesor.
Contrastes
En la casa de la hormiguita todo era perfecto. Se había independizado hacía poco tiempo y al fin, tenía una casa pequeña en la que todo estaba donde debía estar. Cuidaba de las plantas por la mañana y por las noches leía a la luz de la luna, sentada en su cálido y confortable balcón, mientras escuchaba las séptima de Beethoven. Sin embargo, no podía evitar su desconcentración en cada renglón que avanzaba. Porque la imagen del oso siempre había sido muy potente. Y aunque se sentía fascinada por el escenario que ella había diseñado con sus manos hacendosas y esperanzadas, cuando el oso la visitaba y ya nada quedaba en su lugar, la hormiga se olvidaba de todas sus obsesiones.
La espuma en los genes
Atravesaba el mar agitando su pañuelo de espuma y sal.
Se despedía finito, como si no quisiera mostrar lo ancho de su dolor.
Lagrimeaba por la arena perdida,
por la tierra añorada,
por su ondulado presente
y su pasado de barro cocido al sol.
Aunque poquito a poco,
mientras se secaba la humedad de sus mejillas
se humedecía la sequedad de su dolor.
Se despedía finito, como si no quisiera mostrar lo ancho de su dolor.
Lagrimeaba por la arena perdida,
por la tierra añorada,
por su ondulado presente
y su pasado de barro cocido al sol.
Aunque poquito a poco,
mientras se secaba la humedad de sus mejillas
se humedecía la sequedad de su dolor.
viernes, 11 de marzo de 2011
LA VI, EN UNA HOJA DE PAPEL.
El tiempo no pasaba de verdad.
En un principio creí que se hacía lento por la ansiedad que me generaba saber que faltaban unos pocos minutos para verla. Pero las agujas de todos los relojes se habían clavado en “menos cuarto”. Al menos, las de los relojes de quienes se encontraban a mi alrededor. Y yo no me animaba a preguntarles, pero observando de reojo podía confirmar que era así.
El silencio me resultaba insoportable y también ellos, que parecían ser una sola persona. Todos pensando la misma cosa, al mismo tiempo. Pero yo no podía incluirme en ese cerebro colectivo. Sólo podía pensar en ella; y era tan fuerte su imagen en mi mente que el papel que tenía frente a mí, había tomado la forma de su cara.
Y pensaba en la extrañeza del tiempo; y en cómo mientras los relojes se empecinan en igualarnos a todos bajo la mirada homogeneizante de esas dos agujas, yo no llevaba su ritmo y agonizaba frente a las dos tiranas.
Entonces me quedé frente a la hoja de papel. Aún permanecía ahí su cara, y tal era mi deseo de verla, que la hoja, compadeciéndose de mí , se presentó ante mis ojos como una gran pantalla.
Y pude verme saliendo apresurado entre la multitud. Y verla a ella, ahí sentada, conversando con sus amigas de siempre. ¡Se veía tan bonita con ese flequillo que le caía sobre la frente!.
Cuando llevaba ese alfajor hacia su boca, lo hacía con tanto placer que me parecía estar sintiendo el sabor en la punta, de la lengua. Yo me quedaba contemplándola desde aquel rincón que no me delataba. Tenía que retener en mi mente todos sus movimientos para luego repasarlos en sus horas de ausencia.
Si bien no era mucho el tiempo que tenía, ella se las arreglaba para vivirlo intensamente, y aunque no podía correr, caminaba ligero desafiante; y aunque no podía soltar sus cabellos, intentaba un peinado más suelto con unas hebillas prestadas, y aunque no sabía de mi existencia, se movía para ser mirada.
Y así fue como de tanto imaginarla, el timbre pasó de largo en mis oídos, y me quedé sin el preciado recreo
Ahora estoy nuevamente frente a esta hoja de papel, esperando la próxima oportunidad para encontrarla. Sólo deseo que las agujas se apiaden de mí y caminen ligero desafiantes, como ella lo hacía en el patio, a la hora del recreo.
Esas cosas también ocurren en La Escuela.
Y mientras transcurren las lecciones, los exámenes y los recreos, los niños viven una vida paralela, y se enamoran, se descubren, se distancian, desafiando una a una, las estrategias de enseñanza que los adultos han pensado para ellos
En un principio creí que se hacía lento por la ansiedad que me generaba saber que faltaban unos pocos minutos para verla. Pero las agujas de todos los relojes se habían clavado en “menos cuarto”. Al menos, las de los relojes de quienes se encontraban a mi alrededor. Y yo no me animaba a preguntarles, pero observando de reojo podía confirmar que era así.
El silencio me resultaba insoportable y también ellos, que parecían ser una sola persona. Todos pensando la misma cosa, al mismo tiempo. Pero yo no podía incluirme en ese cerebro colectivo. Sólo podía pensar en ella; y era tan fuerte su imagen en mi mente que el papel que tenía frente a mí, había tomado la forma de su cara.
Y pensaba en la extrañeza del tiempo; y en cómo mientras los relojes se empecinan en igualarnos a todos bajo la mirada homogeneizante de esas dos agujas, yo no llevaba su ritmo y agonizaba frente a las dos tiranas.
Entonces me quedé frente a la hoja de papel. Aún permanecía ahí su cara, y tal era mi deseo de verla, que la hoja, compadeciéndose de mí , se presentó ante mis ojos como una gran pantalla.
Y pude verme saliendo apresurado entre la multitud. Y verla a ella, ahí sentada, conversando con sus amigas de siempre. ¡Se veía tan bonita con ese flequillo que le caía sobre la frente!.
Cuando llevaba ese alfajor hacia su boca, lo hacía con tanto placer que me parecía estar sintiendo el sabor en la punta, de la lengua. Yo me quedaba contemplándola desde aquel rincón que no me delataba. Tenía que retener en mi mente todos sus movimientos para luego repasarlos en sus horas de ausencia.
Si bien no era mucho el tiempo que tenía, ella se las arreglaba para vivirlo intensamente, y aunque no podía correr, caminaba ligero desafiante; y aunque no podía soltar sus cabellos, intentaba un peinado más suelto con unas hebillas prestadas, y aunque no sabía de mi existencia, se movía para ser mirada.
Y así fue como de tanto imaginarla, el timbre pasó de largo en mis oídos, y me quedé sin el preciado recreo
Ahora estoy nuevamente frente a esta hoja de papel, esperando la próxima oportunidad para encontrarla. Sólo deseo que las agujas se apiaden de mí y caminen ligero desafiantes, como ella lo hacía en el patio, a la hora del recreo.
Esas cosas también ocurren en La Escuela.
Y mientras transcurren las lecciones, los exámenes y los recreos, los niños viven una vida paralela, y se enamoran, se descubren, se distancian, desafiando una a una, las estrategias de enseñanza que los adultos han pensado para ellos
jueves, 10 de marzo de 2011
Efecto dominó
El psicoanálisis ha sido siempre para mí como un electro doméstico por el que proceso todo lo que me pasa. Y últimamente ando buscando por la vida alguien que me pase alguna otra herramienta, porque a mi procesadora se le venció la garantía y no encuentro explicación a determinados sucesos que ocurren a mi alrededor.
La otra tarde escuchaba atentamente a una amiga que sabe encontrar respuestas a las cosas en campos desconocidos para mí, cuando intentaba darme algunas posibles explicaciones respecto de por qué ocurren las casualidades. ¿Son casualidades?, ¿son causalidades?, ¿son señales? Y creo que entendí algo así como que “cuando hay un cambio en tu vida, un suceso, un episodio, por más simple que parezca, puede ocurrir que, como una marea, todo lo que pasa a tu alrededor, también se mueva”. Se lo conté a mi hermana por teléfono y me dijo que a eso se le llama “efecto dominó”, en alguna corriente de pensamiento o de fe que no terminé de comprender. Casi siempre, mi escepticismo me produce una sordera cognitiva de considerables proporciones, por lo que suelo congelar los comentarios y sigo mi vida, controlando el deseo de salir corriendo y llamar a mi psicóloga para preguntarle el por qué de cada acontecimiento. Aunque no lo hago, ya que “nos dimos de alta” hace unos meses.
Hoy fue un día especial, que desde ayer se viene gestando. Mi marido no iba a venir a Buenos Aires y vino; yo iba a ir al Ministerio pero no pude porque los carpinteros tardaron horas en armarme las alacenas y el placar; mi hijo y su amigo estaban circunstancialmente cerca de casa; los invitamos a almorzar, mientras los carpinteros terminaban de taladrar mis paredes y mi humor. Pero no a cualquier lugar; ayer yo había visto un restaurante a unas cuatro cuadras de mi casa y había quedado registrado para alguna oportunidad que tuviera con mis hijos.
Los cuatro nos dirigimos hacia allá; mi hijo prefirió el restaurante de enfrente; en la charla nos dijeron que mañana querían ir a Mar del Plata con nosotros; como teníamos que resolver quiénes irían en el auto, mi hijo llamó a otro amigo que también vendría, pero éste – desde el otro lado del celular – le contaba, muy preocupado, que ahora no podía hablar al respecto, ya que se había perdido su perro e intentaba recuperarlo. Mi hijo lo contó en la mesa y su amigo dijo – despreocupadamente – “¡ya va a aparecer!, a lo que agregamos que si era un perro de la calle, volvería solo. Cambiamos de tema.
Salimos del restaurante y a las dos cuadras, vemos un perro doblando la esquina en dirección a nosotros. El amigo de mi hijo, dijo “¡Quimil!”, es Quimil!” Tomamos al perro de la correa, llamamos a su amigo y le dijimos que estaba con nosotros. En tan sólo un instante, habíamos resuelto un problema que había acontecido desde el otro lado de un celular, en otro barrio de la ciudad porteña, naturalmente, como si nada. Al menos así lo demostraba el perro.
Buenos Aires es una de las ciudades más grandes del mundo. Ninguno de nosotros estaba en el lugar que debía haber estado.
La otra tarde escuchaba atentamente a una amiga que sabe encontrar respuestas a las cosas en campos desconocidos para mí, cuando intentaba darme algunas posibles explicaciones respecto de por qué ocurren las casualidades. ¿Son casualidades?, ¿son causalidades?, ¿son señales? Y creo que entendí algo así como que “cuando hay un cambio en tu vida, un suceso, un episodio, por más simple que parezca, puede ocurrir que, como una marea, todo lo que pasa a tu alrededor, también se mueva”. Se lo conté a mi hermana por teléfono y me dijo que a eso se le llama “efecto dominó”, en alguna corriente de pensamiento o de fe que no terminé de comprender. Casi siempre, mi escepticismo me produce una sordera cognitiva de considerables proporciones, por lo que suelo congelar los comentarios y sigo mi vida, controlando el deseo de salir corriendo y llamar a mi psicóloga para preguntarle el por qué de cada acontecimiento. Aunque no lo hago, ya que “nos dimos de alta” hace unos meses.
Hoy fue un día especial, que desde ayer se viene gestando. Mi marido no iba a venir a Buenos Aires y vino; yo iba a ir al Ministerio pero no pude porque los carpinteros tardaron horas en armarme las alacenas y el placar; mi hijo y su amigo estaban circunstancialmente cerca de casa; los invitamos a almorzar, mientras los carpinteros terminaban de taladrar mis paredes y mi humor. Pero no a cualquier lugar; ayer yo había visto un restaurante a unas cuatro cuadras de mi casa y había quedado registrado para alguna oportunidad que tuviera con mis hijos.
Los cuatro nos dirigimos hacia allá; mi hijo prefirió el restaurante de enfrente; en la charla nos dijeron que mañana querían ir a Mar del Plata con nosotros; como teníamos que resolver quiénes irían en el auto, mi hijo llamó a otro amigo que también vendría, pero éste – desde el otro lado del celular – le contaba, muy preocupado, que ahora no podía hablar al respecto, ya que se había perdido su perro e intentaba recuperarlo. Mi hijo lo contó en la mesa y su amigo dijo – despreocupadamente – “¡ya va a aparecer!, a lo que agregamos que si era un perro de la calle, volvería solo. Cambiamos de tema.
Salimos del restaurante y a las dos cuadras, vemos un perro doblando la esquina en dirección a nosotros. El amigo de mi hijo, dijo “¡Quimil!”, es Quimil!” Tomamos al perro de la correa, llamamos a su amigo y le dijimos que estaba con nosotros. En tan sólo un instante, habíamos resuelto un problema que había acontecido desde el otro lado de un celular, en otro barrio de la ciudad porteña, naturalmente, como si nada. Al menos así lo demostraba el perro.
Buenos Aires es una de las ciudades más grandes del mundo. Ninguno de nosotros estaba en el lugar que debía haber estado.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Su primer día de extravagancia
Mientras hacía la cola en el banco, vi a un hombre con una colita en el pelo que estaba delante de mí; años, cincuenta y pico, medio pelado, desgarbado, un sobre de cuero bajo el brazo, camisa y aspecto de hacer su rutina de trámites cotidianos. Todo menos esa colita diminuta era común en él. Pero esa no era la cuestión - que bien sé que uno anda por la vida como le viene en gana - sino que en sus ojos se leía que la colita delataba su primer día de extravagancia. Como cuando uno se pone por primera vez un sombrero raro o alguna prenda inusual. Supongo que debe haber estado frente al espejo, dudando, porque el pelo era largo para ser corto y corto para ser largo. O que su esposa se lo habrá sugerido como una solución pasajera o alternativa. Y tal vez hasta se haya erotizado con la idea. Aunque no lo imagino con esposa; más bien me sabe a triste y solitaria su presencia. Y entonces la colita sería algo así como la promesa de una joven compañía.
En el fondo, los hombres no son más que unos niños que juegan a ser importantes.
En el fondo, los hombres no son más que unos niños que juegan a ser importantes.
¿Cereza o certeza?
En un párrafo del libro La buena terrorista de Doris Lessiing, leí sobre un personaje “era dura como una certeza”, allí donde decía “dura como una cereza”. Y me pregunto ¿qué otra cosa además del carozo, tiene de duro una cereza? En cambio una certeza no tiene partes blandas, por donde la mires, es dura, tajante, irremediable y cerrada. No hay nada blando en una certeza. Me pregunto si será un error en la traducción, en la edición de bolsillo o si quizás pude haber encontrado una mejor referencia a aquel personaje.
martes, 8 de marzo de 2011
¿El hombre es la humanidad o sólo una parte?
No sé qué me hace suponer que tengo que escribir algo sobre la mujer, hoy en su día. Será que como ayer escribí sobre los carnavales, la lógica del blog se comience a imponer pidiendo que me haga cargo de hablar sobre lo que hay que hablar en los días que corresponda. Quizás sea porque me despertaron los mensajes en los que otras mujeres me recuerdan que si tuvieran que elegir nuevamente un sexo al nacer, elegirían ser mujer.
Pero no puedo evitar preguntarme por qué no existe un día del Hombre. Y éstas son sólo apreciaciones que no tienen el más mínimo atisbo de investigación…por eso justamente me armé este blog…para carecer de la citas textuales y las notas al pie que me hacen recordar que todo lo que digas debe estar fundamentado.
No sé si quiero fundamentar mi argumentación. Pero como dice el dicho: “algo huele mal en Dinamarca”. Hay un día del animal, un día del niño, un día de los abuelos y de los tíos; un día del padre y de la madre. Si hasta hay un día de brujas. Pero no hay un día del Hombre. Ya sé que las mujeres nos lo merecemos por haber sido tan explotadas. ¿Pero no nos cobramos ya lo suficiente? Sin ir más lejos, miremos a la presidenta, ¿a alguien puede parecerle que ella necesita un día para que la reconozcan en su condición de mujer? Por el contrario, creo que lo que se acerca, indefectiblemente, es el día del Hombre. ¿O no hay hombres aún explotados y no reconocidos?, ¿o no hay hombres esclavos de las mujeres?, ¿o no hay hombres que día a día se devanan los sesos por comprender qué nos sucede cuando lloramos, cuando no les hablamos, cuando cambiamos nuestros humores en tan solo un abrir y cerrar de ojos?
Quien quiera recibir las flores que las reciba, pero me parece que ha llegado el momento de volver a revisar entre los borradores de la historia y recordar que el Hombre no es la humanidad. La humanidad es una categoría que nos abarca tanto a las mujeres como a los hombres. El hombre es el hombre y no tiene su día.
Pero no puedo evitar preguntarme por qué no existe un día del Hombre. Y éstas son sólo apreciaciones que no tienen el más mínimo atisbo de investigación…por eso justamente me armé este blog…para carecer de la citas textuales y las notas al pie que me hacen recordar que todo lo que digas debe estar fundamentado.
No sé si quiero fundamentar mi argumentación. Pero como dice el dicho: “algo huele mal en Dinamarca”. Hay un día del animal, un día del niño, un día de los abuelos y de los tíos; un día del padre y de la madre. Si hasta hay un día de brujas. Pero no hay un día del Hombre. Ya sé que las mujeres nos lo merecemos por haber sido tan explotadas. ¿Pero no nos cobramos ya lo suficiente? Sin ir más lejos, miremos a la presidenta, ¿a alguien puede parecerle que ella necesita un día para que la reconozcan en su condición de mujer? Por el contrario, creo que lo que se acerca, indefectiblemente, es el día del Hombre. ¿O no hay hombres aún explotados y no reconocidos?, ¿o no hay hombres esclavos de las mujeres?, ¿o no hay hombres que día a día se devanan los sesos por comprender qué nos sucede cuando lloramos, cuando no les hablamos, cuando cambiamos nuestros humores en tan solo un abrir y cerrar de ojos?
Quien quiera recibir las flores que las reciba, pero me parece que ha llegado el momento de volver a revisar entre los borradores de la historia y recordar que el Hombre no es la humanidad. La humanidad es una categoría que nos abarca tanto a las mujeres como a los hombres. El hombre es el hombre y no tiene su día.
lunes, 7 de marzo de 2011
Estampas de carnaval
Las bombitas de agua que íbamos preparando en fuentones.
Los pomos de goma que nos regalaba Pancho Scarpatti.
El disfraz de Rita Pavone , el de bruja, el de Hawaiana.
El nene al que disfrazaron de sifón.
Los gritos de las mujeres a las que les tirábamos lanza perfumes en las piernas, mientras bailaban el tango en el club Quilmes.
Mi primo Lalo enojado en una mesa del club porque mis otros primos le hicieron tomar su orina diciéndole que era cerveza.
Las veces que mi mamá me hizo ganar concursos de baile y de disfraces porque era quien los organizaba.
Subir al escenario a recibir premios mal ganados y no poder delatar a mi mamá.
Mi mamá conversando con cuatro o cinco amigas en un cuartito de club Quilmes, mientras llenaba bolsas de papel picado.
Mi tía Coca vendiendo cotillón junto con mi mamá.
Mi tía Coca dándome papel picado o serpentinas cada vez que me ponía frente al quiosco.
Mi mamá dándome lanza perfumes cuando mi tía no estaba. Los lanza perfumes eran caros.
El cuartito en el que mamá escondía a mis amigos para pasar del carnaval infantil al de adultos sin pagar.
Subir al escenario en los carnavales de la noche a bailar con “The cos combo” (así me sonaba de chica) o con las comparsas que venían de Brasil.
Mis padres bailando el tango a las tres de la mañana.
Mi padre bailando el tango con la hermana de la peluquera y mi mamá celosa.
Cuando me escapé en pleno carnaval para hacerme un disfraz de hippie. Un vaquero cortado, desflecado, piernas y brazos pintados con una birome. Flores y símbolos de la paz. Querer ser petisa como “la petisa Rimoldi”, porque era más graciosa que yo.
Las fiestas en la quinta de los Piantoni para festejar el cierre de los carnavales.
Mi papá tirando a Pirucha Piantoni a la pileta, toda vestida, con peinado de peluquería. Y ella llorando.
Unos pibes que me hicieron salir del local en el que trabajaba y me tiraron flor de baldazo, mi vestido transparente. Lindo cuerpo, dentro de todo. Papelón. Frío.
Esperar horas para salir del trabajo, allá por la loma de Colón, porque desde arriba te tiraban sifones.
El pata pata de Miriam Makeba.
El limbo rock.
La cumbia, el Twist.
Negra no te vayas de mi lado.
“Yo tenía diez perritos” que cantaba Tatín, el chiquitín, el regalón.
Los discos que después quedaban en mi casa.
El último carnaval, cuando un novio mío llegó de su viaje a Córdoba y yo sólo esperaba el momento en el que viniera a sacarme del club para ir a bailar a Constitución.
Los pomos de goma que nos regalaba Pancho Scarpatti.
El disfraz de Rita Pavone , el de bruja, el de Hawaiana.
El nene al que disfrazaron de sifón.
Los gritos de las mujeres a las que les tirábamos lanza perfumes en las piernas, mientras bailaban el tango en el club Quilmes.
Mi primo Lalo enojado en una mesa del club porque mis otros primos le hicieron tomar su orina diciéndole que era cerveza.
Las veces que mi mamá me hizo ganar concursos de baile y de disfraces porque era quien los organizaba.
Subir al escenario a recibir premios mal ganados y no poder delatar a mi mamá.
Mi mamá conversando con cuatro o cinco amigas en un cuartito de club Quilmes, mientras llenaba bolsas de papel picado.
Mi tía Coca vendiendo cotillón junto con mi mamá.
Mi tía Coca dándome papel picado o serpentinas cada vez que me ponía frente al quiosco.
Mi mamá dándome lanza perfumes cuando mi tía no estaba. Los lanza perfumes eran caros.
El cuartito en el que mamá escondía a mis amigos para pasar del carnaval infantil al de adultos sin pagar.
Subir al escenario en los carnavales de la noche a bailar con “The cos combo” (así me sonaba de chica) o con las comparsas que venían de Brasil.
Mis padres bailando el tango a las tres de la mañana.
Mi padre bailando el tango con la hermana de la peluquera y mi mamá celosa.
Cuando me escapé en pleno carnaval para hacerme un disfraz de hippie. Un vaquero cortado, desflecado, piernas y brazos pintados con una birome. Flores y símbolos de la paz. Querer ser petisa como “la petisa Rimoldi”, porque era más graciosa que yo.
Las fiestas en la quinta de los Piantoni para festejar el cierre de los carnavales.
Mi papá tirando a Pirucha Piantoni a la pileta, toda vestida, con peinado de peluquería. Y ella llorando.
Unos pibes que me hicieron salir del local en el que trabajaba y me tiraron flor de baldazo, mi vestido transparente. Lindo cuerpo, dentro de todo. Papelón. Frío.
Esperar horas para salir del trabajo, allá por la loma de Colón, porque desde arriba te tiraban sifones.
El pata pata de Miriam Makeba.
El limbo rock.
La cumbia, el Twist.
Negra no te vayas de mi lado.
“Yo tenía diez perritos” que cantaba Tatín, el chiquitín, el regalón.
Los discos que después quedaban en mi casa.
El último carnaval, cuando un novio mío llegó de su viaje a Córdoba y yo sólo esperaba el momento en el que viniera a sacarme del club para ir a bailar a Constitución.
domingo, 6 de marzo de 2011
El dedo acusador
Nunca pudimos satisfacer los deseos de mi padre. Sin embargo, nadie podría decir que él nos haya presionado alguna vez para verlos realizados. Todo lo contrario, siempre se mostró calmo, callado y de alguna manera, contento con lo que le tocó y aún le toca vivir.
En una tardecita de domingo, mi marido, cuando aún éramos novios, me invitó a pasar un rato prohibido en algún lugar que nos encontrara solos y libres de satisfacer nuestros propios deseos; pero yo sabía que ni bien entrara la noche iban a hacer una picadita en mi casa, seguida de un partido de carioca. Y hacía un rato había visto unos maníes japoneses que sabía, eran desconocidos para mi papá y no podía sacarme de la cabeza la idea de cuánto le iban a gustar. Imaginé su cara de sorpresa al verlos y pensé que con ese regalo iba a remendar todos los ochos que no fueron nueves y los nueves que no fueron diez en la escuela; todas las teclas del piano que sin querer tocaba equivocadamente cuando él me escuchaba. Mi novio finalmente cedió ante mi insistencia y fuimos a llevar los maníes japoneses, que se sirvieron en un bowl, junto con las papas fritas y los palitos, pasando absolutamente desapercibidos.
Hace unos meses me regalaron una rosa amarilla muy bella y se me ocurrió ponerla en la mesa en la que él come, junto con su muñeca Juanita que le traje de Cuba y un perro labrador de juguete que le trajo la señora que lo cuida. Los dos tienen que estar indefectiblemente. Hasta ese momento yo no tenía rosas en mi jardín, porque a mi marido no le gusta. Pero tengo jazmines del cabo. No obstante, sabiendo que a mi padre le había gustado la rosa amarilla, compré macetas con rosas de distintos colores, por si acaso y las puse en un lugar que él pudiera frecuentarlas. Delante del jazmín.
Una tarde, una de las señoras que lo cuidan me dijo que él estaba enojado porque no podía llegar hasta el jazmín para sentir su perfume…con esas rosas que había puesto en el medio. Entonces, comencé a sacar flores de jazmín, para que tuviera en un pote de vidrio con agua en la mesa, cada mañana. Mientras tanto, las rosas crecieron y se pusieron verdaderamente hermosas, aunque el jazmín, como es lógico en esta época del año, dejó de dar flores.
Ayer, la señora llevó a mi papá al patio para que viera las flores mientras tomaba su jugo. Le dije: “¿viste papá qué hermosas están las rosas? Y vi que levantaba su mano como para asentir. Pero cuatro de sus dedos se cerraron, quedando el índice apuntando directamente al jazmín. Entonces tomó fuerza para decirme: “si…pero falta una”
La señora me dijo. “ve…a mí me pasa lo mismo, yo no sé cómo conformarlo...y eso que hago las cosas antes de que tenga que pedírmelas”. Yo le contesté: “bienvenida al club, esa es la historia de mi vida”.
Por eso, mi blog. Porque no quiero que mis palabras sean como el sillón perfecto que nunca tuvimos. Porque no quiero guardarlas en carpetas y dejar que se pudran como las flores cuando las arrancás. Porque quiero escuchar mi propio deseo. A pesar de que mañana seguiré esperando que, mágicamente, de mi jazmín brote una flor más para le mesa.
En una tardecita de domingo, mi marido, cuando aún éramos novios, me invitó a pasar un rato prohibido en algún lugar que nos encontrara solos y libres de satisfacer nuestros propios deseos; pero yo sabía que ni bien entrara la noche iban a hacer una picadita en mi casa, seguida de un partido de carioca. Y hacía un rato había visto unos maníes japoneses que sabía, eran desconocidos para mi papá y no podía sacarme de la cabeza la idea de cuánto le iban a gustar. Imaginé su cara de sorpresa al verlos y pensé que con ese regalo iba a remendar todos los ochos que no fueron nueves y los nueves que no fueron diez en la escuela; todas las teclas del piano que sin querer tocaba equivocadamente cuando él me escuchaba. Mi novio finalmente cedió ante mi insistencia y fuimos a llevar los maníes japoneses, que se sirvieron en un bowl, junto con las papas fritas y los palitos, pasando absolutamente desapercibidos.
Hace unos meses me regalaron una rosa amarilla muy bella y se me ocurrió ponerla en la mesa en la que él come, junto con su muñeca Juanita que le traje de Cuba y un perro labrador de juguete que le trajo la señora que lo cuida. Los dos tienen que estar indefectiblemente. Hasta ese momento yo no tenía rosas en mi jardín, porque a mi marido no le gusta. Pero tengo jazmines del cabo. No obstante, sabiendo que a mi padre le había gustado la rosa amarilla, compré macetas con rosas de distintos colores, por si acaso y las puse en un lugar que él pudiera frecuentarlas. Delante del jazmín.
Una tarde, una de las señoras que lo cuidan me dijo que él estaba enojado porque no podía llegar hasta el jazmín para sentir su perfume…con esas rosas que había puesto en el medio. Entonces, comencé a sacar flores de jazmín, para que tuviera en un pote de vidrio con agua en la mesa, cada mañana. Mientras tanto, las rosas crecieron y se pusieron verdaderamente hermosas, aunque el jazmín, como es lógico en esta época del año, dejó de dar flores.
Ayer, la señora llevó a mi papá al patio para que viera las flores mientras tomaba su jugo. Le dije: “¿viste papá qué hermosas están las rosas? Y vi que levantaba su mano como para asentir. Pero cuatro de sus dedos se cerraron, quedando el índice apuntando directamente al jazmín. Entonces tomó fuerza para decirme: “si…pero falta una”
La señora me dijo. “ve…a mí me pasa lo mismo, yo no sé cómo conformarlo...y eso que hago las cosas antes de que tenga que pedírmelas”. Yo le contesté: “bienvenida al club, esa es la historia de mi vida”.
Por eso, mi blog. Porque no quiero que mis palabras sean como el sillón perfecto que nunca tuvimos. Porque no quiero guardarlas en carpetas y dejar que se pudran como las flores cuando las arrancás. Porque quiero escuchar mi propio deseo. A pesar de que mañana seguiré esperando que, mágicamente, de mi jazmín brote una flor más para le mesa.
sábado, 5 de marzo de 2011
La libélula de papel de cocina
Llevo años dando clases y trabajando para aflojar las tensiones que existen entre al arte y la educación. Años intentando convencer a las alumnas de educación inicial que si no se jerarquizan, nadie lo va a hacer por ellas. Que no alcanza con que te gusten los chicos o con saber hacer manualidades. Y que si no trabajan por la identidad del nivel, siempre serán- para el común de la gente – “las jardineras que cuidan y divierten a los chicos”.
Recorro el país insistiendo a las docentes acerca de la pregunta de por qué los niños y niñas sólo tienen acceso a las imágenes que los adultos han etiquetado de “infantiles”: los patos amarillos, el conejo celeste y el osito marrón. Así simplifican la realidad, así son esclavas del poder hegemónico del mercado que les vende revistas con mágicas soluciones. Y me entristece ver que tanto en un jardín de Uspallata en lo alto de la montaña, como en un jardín de la ciudad de Buenos Aires o en la Quiaca, todo lo que ven los niños es IGUAL. Llega el invierno, el árbol con bufanda; llega la primavera, las flores de papel afiche con cinco pétalos y un círculo amarillo en el medio; llegan los actos patrios, las palomas y guirnaldas; empieza el ciclo, el friso que cada día del año esperará a los chicos cuando entren en la sala; un cartel de bienvenidos que jamás se sacará de las paredes, aunque sus letras irán cayendo con la humedad de las paredes que no resistirá la cinta de papel; la tira numérica con números del uno al diez y el abecedario.
Se les niega el derecho a la cultura; a la cultura universal y regional, como si todavía fueran muy pequeños para entenderla. Claro que siempre hay excepciones. No se ofenda quien me lea y en su sala los niños convivan con reproducciones de Berni, Xul Solar, Spilimbergo, Picasso; fotografías artísticas o documentales, producciones de los chicos, obras de artistas del lugar.
Ser docente es ejercer un acto político e ideológico y jamás se es neutral a la hora de realizar una propuesta. Les intento explicar que cada vez que elegimos qué compartir con los chicos, también elegimos qué no vamos a enseñarles.
Ayer me escribió una alumna. Abrí el mensaje, entusiasmada. Siempre me gusta poder colaborar en lo que necesiten. Pero esta vez, no pude. Pido perdón, eso nunca lo aprendí:
“Hola profe, perdón que la moleste. Le quería preguntar cómo puedo hacer una libélula con papel de cocina que me pidieron para el jardín de mi primita. Por favor si me puede mandar alguna idea. Muchas gracias!”
Recorro el país insistiendo a las docentes acerca de la pregunta de por qué los niños y niñas sólo tienen acceso a las imágenes que los adultos han etiquetado de “infantiles”: los patos amarillos, el conejo celeste y el osito marrón. Así simplifican la realidad, así son esclavas del poder hegemónico del mercado que les vende revistas con mágicas soluciones. Y me entristece ver que tanto en un jardín de Uspallata en lo alto de la montaña, como en un jardín de la ciudad de Buenos Aires o en la Quiaca, todo lo que ven los niños es IGUAL. Llega el invierno, el árbol con bufanda; llega la primavera, las flores de papel afiche con cinco pétalos y un círculo amarillo en el medio; llegan los actos patrios, las palomas y guirnaldas; empieza el ciclo, el friso que cada día del año esperará a los chicos cuando entren en la sala; un cartel de bienvenidos que jamás se sacará de las paredes, aunque sus letras irán cayendo con la humedad de las paredes que no resistirá la cinta de papel; la tira numérica con números del uno al diez y el abecedario.
Se les niega el derecho a la cultura; a la cultura universal y regional, como si todavía fueran muy pequeños para entenderla. Claro que siempre hay excepciones. No se ofenda quien me lea y en su sala los niños convivan con reproducciones de Berni, Xul Solar, Spilimbergo, Picasso; fotografías artísticas o documentales, producciones de los chicos, obras de artistas del lugar.
Ser docente es ejercer un acto político e ideológico y jamás se es neutral a la hora de realizar una propuesta. Les intento explicar que cada vez que elegimos qué compartir con los chicos, también elegimos qué no vamos a enseñarles.
Ayer me escribió una alumna. Abrí el mensaje, entusiasmada. Siempre me gusta poder colaborar en lo que necesiten. Pero esta vez, no pude. Pido perdón, eso nunca lo aprendí:
“Hola profe, perdón que la moleste. Le quería preguntar cómo puedo hacer una libélula con papel de cocina que me pidieron para el jardín de mi primita. Por favor si me puede mandar alguna idea. Muchas gracias!”
Cuando las cartas tardaban en llegar
Ni Isolina, ni Ernestina; simplemente Picha o La flaca...así le decían a mi madre. Ya he dicho que Picha significa “niña” en asturiano, por lo que muchas veces competía conmigo. Cuando se enojaba, siempre nos decía “¡si lo supiera tu padre!”, como si fuera una hermana buchona que no tenía autoridad para retar por sí sola. Pero en los momentos que más sentí la férrea competencia que había entre nosotras, fue en los tiempos en los que esperábamos las tan ansiadas cartas de mi hermana, que se había ido con mi sobrina y mi cuñado fuera del país, por las razones forzadas que todos conocemos.
Única sobrina y única nieta, la niña se había transformado en el motivo de nuestra espera. Como aún no sabía escribir, mi hermana se encargaba de grabarla en un cassette y de enviarnos sistemáticamente esa caja de sorpresas cargada de una media lengua en la que crecía el “tú” y se desvanecía el “vos" alejándola aún más de nosotros, aunque haciéndola más adorable. “Tú sabes tía…”, “voy al jardín con mi lonchera…”.
A cambio de su correspondencia, nosotros le grabábamos otro cassette, en el que, luego de los saludos y los besos de costumbre, mi papá le contaba cuentos que leía en mi Enciclopedia Práctica Preescolar y en una antología muy buena que todas las jardineras de ese momento teníamos en nuestro haber. Cuentos tranquilos, monocordes y de abuelo.
Yo, en cambio, me encargaba de tocar canciones en el órgano y así quedaba un interesante compendio artístico de lo que en la familia sabíamos hacer. Mi mamá la saludaba y le decía cuánto la extrañaba.
Esa competencia férrea se iniciaba cuando el cartero tocaba el portero eléctrico. A eso de las diez u once de la mañana, cuando mamá estaba en plena limpieza de la casa, sentíamos el timbre y ella bajaba desbocada a recibir la carta. Y cuando subía, nos peleábamos ferozmente por abrirla. Ella siempre tenía que leer primero lo que escribía mi hermana. Entonces yo le decía que me diera el cassette, así, mientras tanto, lo iba escuchando. Pero no, en eso sí que no transaba. Primero se leía en voz alta lo que decía mi hermana y luego se lloraba lo que había que llorar mientras los tres escuchábamos a la niña sentados alrededor de la mesa, almorzando, rigurosamente, a las doce del mediodía.
Única sobrina y única nieta, la niña se había transformado en el motivo de nuestra espera. Como aún no sabía escribir, mi hermana se encargaba de grabarla en un cassette y de enviarnos sistemáticamente esa caja de sorpresas cargada de una media lengua en la que crecía el “tú” y se desvanecía el “vos" alejándola aún más de nosotros, aunque haciéndola más adorable. “Tú sabes tía…”, “voy al jardín con mi lonchera…”.
A cambio de su correspondencia, nosotros le grabábamos otro cassette, en el que, luego de los saludos y los besos de costumbre, mi papá le contaba cuentos que leía en mi Enciclopedia Práctica Preescolar y en una antología muy buena que todas las jardineras de ese momento teníamos en nuestro haber. Cuentos tranquilos, monocordes y de abuelo.
Yo, en cambio, me encargaba de tocar canciones en el órgano y así quedaba un interesante compendio artístico de lo que en la familia sabíamos hacer. Mi mamá la saludaba y le decía cuánto la extrañaba.
Esa competencia férrea se iniciaba cuando el cartero tocaba el portero eléctrico. A eso de las diez u once de la mañana, cuando mamá estaba en plena limpieza de la casa, sentíamos el timbre y ella bajaba desbocada a recibir la carta. Y cuando subía, nos peleábamos ferozmente por abrirla. Ella siempre tenía que leer primero lo que escribía mi hermana. Entonces yo le decía que me diera el cassette, así, mientras tanto, lo iba escuchando. Pero no, en eso sí que no transaba. Primero se leía en voz alta lo que decía mi hermana y luego se lloraba lo que había que llorar mientras los tres escuchábamos a la niña sentados alrededor de la mesa, almorzando, rigurosamente, a las doce del mediodía.
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