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ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA

ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA Unas veces, salen sin pedir permiso y te piden que las pongas en algún lugar, como si estuvieras hablando y a las palabras se las llevara el blog. Otras veces, las encontrás en borradores que habías descartado y las ponés así, revueltas, desordenadas, como la ropa vieja que se cocina con lo que quedó de la noche anterior. Palabras que desean tocar, pellizcar, acariciar, poner la oreja y encontrarse con otras que al igual que ellas desean salir de alguna garganta.

sábado, 23 de abril de 2011

Los a veces y los descubrimientos

  • A veces creés que el otro no quiere; pero cuando descubrís que, en realidad, no puede, recién empezás a verlo.
  • A veces creés que los otros no te registran; pero cuando descubrís que sos vos la que ponés distancia, te aflojás y te predisponés a recibir.
  • A veces creés que esos otros tan importantes son inalcanzables; pero cuando descubrís que también cagan, salís a comprar papel higiénico cantando en voz alta. 
  • A veces creés que esas miradas te juzgan; pero cuando descubrís que sólo te escuchan juzgando lo propio, por fin hablás sin culpas.
  • A veces creés que los que golpean fuerte sobre la mesa, tienen certezas; pero cuando descubrís que golpean sobre sus propias inseguridades, te dan ganas de abrazarlos para que se recuesten en vos.
  • A veces creés que los que no dicen nada, son callados por naturaleza; pero cuando descubrís que no paran de hablarte con la boca cerrada, rezás para que estallen de una vez por todas, sólo por su bien.
  • A veces creés que los que retan, insultan y desprecian no le tienen miedo a nada; pero cuando descubrís que eso es lo que han vivido de niños, los acunarías para que aprendan el calor de un mimo.
Me gustan los a veces y los descubrimientos, porque te ayudan a deshojar las capas de viejas certezas. Entonces siempre hay un margen de error que nos desvía de la omnipotencia de la madurez. No me gustan los siempre y los nunca porque no tienen sorpresas y todavía quiero asombrarme.
Quizás mañana reciba un huevo de pascuas de alguien que no esperaba.

viernes, 22 de abril de 2011

SER DOCENTE l


Soy un nervio vivo. Siento acá, las cosas que me pasan, me atraviesan. Me conmuevo, me asombro, me ilusiono, me proyecto, mi inundo de emociones, creo en cambiar el mundo. Mi psicoanalista me lo dijo el día que me conoció. Mi romanticismo distorsiona mi visión del mundo. Pero cuál es la visión correcta, me pregunto. Cada día que entro a dar una clase siento la ilusión de que, aunque sea un alumno, va a sentir la responsabilidad y el placer que significa ser docente. Cada vez que entro al Ministerio me conmueve pensar que estoy trabajando para mejorar la educación de nuestro QUERIDO PAÍS.
(Sé que un poco de oscuridad al relato no le vendría nada mal; un toque de desencanto, de hastío, de existencialismo. No, esta vez. Lo lamento joven lector).
Leo las evaluaciones que me llegaron desde La Pampa, cuando tuvimos tres días intensivos de talleres con docentes. Allá fui, en el mes de febrero, con mi costilla rota – producida por ese romanticismo que a veces me juega en contra -; con mis valijas a cuestas, llenas de libros y de telas, de sombreros y de cintas. Sabía que era una locura. Me lo decían, me lo dije.
Pero hoy me siento feliz de haber hecho aquel viaje, porque sé que por aquellos llanos de nuestra pampa húmeda, hay docentes que han ambientado nuevos espacios para sus niñ@s; que han utilizado ambientes antes en desuso para darle lugar a los lenguajes artísticos; que han recibido al otoño sin ese árbol de papel afiche con hojas cayéndose, amarillas y en cambio, se han sacado fotos en los árboles del lugar…con ese maravilloso Caldén que tienen por árbol; que están pensando en aquellas preguntas que quedaron resonando en el aire: ¿qué docente necesita el niño, hoy?, y ¿en qué niño piensa el docente cuando realiza una propuesta?
La docencia es un arte que no deja de maravillarme. Si. Sin dudas, la docencia es un arte. Es pasión, es amor, es entrega.
Y en respuesta a lo que muchos de los que leen deben estar pensando: me gusta ser ingenua y no haber madurado, porque, a veces, con la madurez, llegan:
el desencanto,
el reparo,
la sospecha,
el resguardo,
la tibieza,
la llovizna,
la soberbia,
la sabiduría.
Y yo no sé nada.

Cambios


Estoy sola. Me levanté tarde porque estuve con la compu chateando con amigos, escribiendo y dibujando. No almorcé; sólo unos mates y unos cereales. Caminé muchas cuadras, mochila en el hombro para hacer ejercicio y llegar a su casa sin tomar el subte. Ella me esperaba como lo hace últimamente, con sabrosa comida casera. Me saco los zapatos antes de entrar. Me sirve guiso de lentejas con arroz yamaní, torta de zanahorias y mates con semillas de hinojo. Comida calentita, sana, artesanal.
Me escucha, un poco aturdida, acerca de todo lo que tengo para contarle. Mis proyectos, mis amigas, mis dolores, mis dudas y mis miedos. También me cuenta cómo va su vida. Me encanta verla, abrazarla, admirarla. Al rato me pide que me vaya, porque es hora de ponerse a estudiar. Me encanta que me lo diga; entre nosotras todo puede decirse; en ese lugar puedo reir y llorar sin vergüenzas ni reparos. Sus masajes quedarán para otro día, en el que no nos dediquemos tanto a comer.
Cuando ella me toca sólo un poco siento cómo todo mi cuerpo se apacigua. Una mano santa, como la de este viernes.
Me voy con un generoso pedazo de torta que mañana me acompañará mientras escriba, en la cama. ¡Me olvidé el guiso de lentejas que me hubiera ahorrado tener que cocinarme algo al mediodía!
Y pienso que estoy asistiendo lentamente al cambio de roles que nos asigna la vida. Hasta hace no mucho tiempo, yo la acunaba, la amamantaba, le curaba los dolores, la retaba. Hoy es una mujer y yo, una niña. Lila, mi amor

jueves, 21 de abril de 2011

El rasgueo que aún me acompaña



 Esta es la historia de cómo una tormenta de pájaros en la cabeza pudieron fusionar a Bimbulli con Deep Purple.

En aquella época de los setenta yo tenía un jardín de infantes con mi mejor amiga, Teresita. Le habíamos puesto Bimbulli por un cuento italiano de Mira Lobe que nos había encantado en el profesorado. Y habíamos hecho con nuestras propias manos al muñeco de trapo que era el protagonista principal del cuento, bien grande, para que fuera lo primero que vieran los chicos cuando entraban. Si bien nuestro entusiasmo era enorme, el proyecto de Bimbulli no duró mucho tiempo, dada nuestra joven edad y los pajaritos que en ese año rondaron por nuestras cabezas.
Vivíamos con mi amiga en una habitación de la parte de arriba y por las noches yo ensayaba una obra de teatro para niños, por lo que el jardín se transformaba en una sala de ensayos en la que cantábamos una y otra vez los temas musicales de la obra “Entre pitos y flautas”, casi obsesivamente, con todo el elenco.
Una tarde de fin de semana llegó al jardín el amigo de uno de los protagonistas de la obra. Yo lo había visto una vez y sabía que muy simpático, no era. Apareció con un guitarrón de doce cuerdas que me sorprendió sobre manera; casi ni me saludó; se pusieron entre los dos a afinar el guitarrón y luego este flaco, entre engreído y soberbio, tomó la guitarra y tocó la introducción de Smoke On The Water de Deep Purple. Ese rasgueo y algunos otros que le escuché prendieron una mecha que quedó guardada en algún espacio de mi cuerpo; pero no era adecuado pensar en esos acordes, ni en su soberbia, ni en mi deslumbramiento, pues mi situación sentimental estaba ligada, en ese momento, al protagonista de la obra, que cantaba con una voz muy dulce y tenía unos ojos celestes que verdaderamente cautivaban.
Tiempo después y, luego de que el protagonista de los ojos celestes se casara con mi mejor amiga - dando cuenta de que los pajaritos cuando se ponen a revolotear, a veces, hacen mucho ruido - nos volvimos a encontrar.
Y ni bien lo vi, los acordes de Purple volvieron a mi mente inundando mis venas. Y me enamoré perdidamente. Para toda la vida. Sólo que al poco tiempo descubrí que esos acordes eran los únicos que sabía tocar, pero ya era tarde y no importaba.

martes, 19 de abril de 2011

¡¡Festejo por las 1000 visitas!!

Miles de sueños, miles de penas, miles de alegrías, miles de momentos, miles de mates, miles de miedos, miles de preocupaciones, miles de alumnos, miles de días, miles de arrugas, miles de dolores, miles de sabores, miles de aromas, miles de milanesas, miles de enojos, miles de ideas, miles de miradas, miles de chistes, miles de insomnios, miles de entusiasmos, miles de amores, miles de mascotas, miles de dedicatorias, miles de paseos, miles de miles de miles de palabras, miles de horas, miles de libros, miles de canciones, miles de enjuagadas, miles de películas, miles de espacios, miles de lugares, miles de pizzas, miles de empanadas, miles de preguntas, miles de peinados, miles de colores, miles de dudas, miles de sonrisas, miles de carcajadas, miles de duchas, miles de lágrimas, miles de panes, miles de llantos, miles de tristezas, miles de nostalgias, miles de asados, miles de diversiones, miles de iras, miles de kilómetros, miles de abrazos, miles de besos, miles de pasos, miles de esperanzas.
Todos, en una vida.
¡Gracias por compartir este espacio que me envuelve de alegría!

lunes, 18 de abril de 2011

DOSIFICAR LA GULA


Hay objetos perdidos que por algún motivo se instalan en la memoria caprichosamente visitándonos ante la más mínima provocación. Y si nos dieran la propiedad de recuperarlos a cambio de alguna otra cosa, seguramente nos encontraríamos negociando lo inesperado.
Recuperar aquel par de botas blancas de charlol, abiertas atrás y con tiras que se cruzaban; aquella túnica hindú de la década del setenta; el piano que me regalaron a los ocho años; el pullover gordo turquesa, lleno de ochos que me tejió mi madre; el mini short y el maxi saco que llevé a Bariloche en viaje de egresados; “mis ladrillos” de goma; todos y cada uno me producirían un enorme placer.
Pero jamás, jamás, podría sentir la profunda emoción que me invadiría se pudiera recuperar aquellas planchas con figuritas abrillantadas que me compró mamá en una casa mayorista y que guardó en el sótano del edificio para dármelas dosificadamente, así no me empachaba de ellas y podría ir disfrutándolas de a poco, sin gula. Y nunca más volví a verlas porque cuando las fuimos a buscar se habían humedecido y pegado formando una sola pieza.
Si lo lograra, volvería al preciso instante en que las tuve sobre la mesa, las admiraría en su conjunto, plancha por plancha y luego las comenzaría a desprender unas de otras y las acomodaría en el libro de poesías que utilizaba para cantar canciones cada vez que iba al baño. Dos en cada hoja, o tres, depende del tamaño. Y las miraría cada noche y no jugaría con nadie ese juego de apostar si están para arriba o están para abajo, porque no podría arriesgar tan siquiera una.

domingo, 17 de abril de 2011

Domingo lluvioso



Tomar mate con facturas
Ver películas,
Calentar un poco el agua y cambiar algo de yerba
Tomar mate y retomar la película.
Ver Friends mientras tomás envión para levantarte,
Engancharte con una película empezada que retrasa tus decisiones.
Dejar que los ojos vayan cayendo al sueño de media mañana.
Despertarte con la tele prendida, apagarla.
Levantar correos, ver qué pasó en Facebook.
Escribir ciento treinta y nueve caracteres en Twitter.
Ver Friends mientras tomás envión para levantarte.
Llenar la pava con agua y calentarte unos mates con yerba nueva.
Volver a la cama a esperar que pare la lluvia un poco.
Acurrucarte ante el sonido y echar una siestita de diez minutos.
Ver una película en Cuevana.
Dejarla cargando, mientras lees algunas páginas del libro.
Chatear con alguno que está igual que vos.
Calentar el agua de nuevo. Ir al baño.
Comer algo de lo que quedó de ayer. Pensar en cocinar.
Seguir pensando en otras cosas.
Ver Friends y ponerte el límite de que cuando termine, vas a hacer algo.
Trabajar un poco en la cama, dibujar.
Recordar cuando los chicos no te permitían esas licencias y acurrucarte aún más.
Pensar en los días agitados de la semana y hundirte en el colchón rodeada de almohadones.
Hacer zapping, apagar la tele.
Hacer programa para la tarde, unos llamados telefónicos sin mucho entusiasmo.
Dibujar, escribir, dar vueltas y encontrar otras posiciones aún más cómodas.
Prender la tele, ver Friends y ahora sí, cuando termine la escena en la que Chandler se casa con Mónica y Rachel se queda pensando en que está embarazada de Ross, te levantás para calentar el agua y hacerte unos ricos mates.

viernes, 15 de abril de 2011

De juicios y de rubias

De pronto conformás un nuevo grupo de gente con quienes compartir algunas horas por semana para realizar una actividad determinada. No las conocés. No te conocen. Conversás sólo en el tiempo del recreo. Intercambiás unas frases, unos pareceres.
Opinás acerca de los hombres y las mujeres, cositas sencillas mientras compartís unos mates, unas primeras miradas y algunos decires, como quien habla con un desconocido en el ascensor. Comentarios que van haciendo que el otro vaya construyendo sobre vos, alguna idea. Y de pronto te encontrás con alguien que juzga tu opinión como si te conociera de toda la vida y te dice que tenés preconceptos; y lo dice con seguridad. A diferencia de vos, esa persona es conocida, importante, por lo que su palabra tiene una ventaja: la de haber demostrado a lo largo de su obra, sus desprejuicios. Ella es transgresora en todo lo que hace; no respeta consignas, le gusta desafiar hasta la más mínima acción. Y sentís su juicio como una sentencia.
Y como conocés acerca de algunas teorías que hacen a las relaciones interpersonales, adivinás que tu etiqueta se ha comenzado a construir. Y en un momento determinado, casi intentás revertir la situación y explicar que el concepto de ella sobre vos, también está construido en base a sus preconceptos. Y que no hay mayores preconceptos que aquellos que nos brindan las certezas. Y que la certeza nos enquista, nos endurece. Y que si siempre transgredís las normas, estás bajo las garras de otra norma que es la de transgredir.
Pero te das cuenta que no vale la pena. Que estás sólo en el recreo de una actividad. Y que tu aspecto de rubia tonta es un problema que no te pertenece.

miércoles, 13 de abril de 2011

Irrupciones de la vida cotidiana

En los días intensos y emocionantes que nos recuerdan el privilegio de los buenos lugares a los que hemos llegado, la vida cotidiana suele meterse irreverente, sin pedir permiso ni respetar horarios, aunque estés en medio de un encuentro nacional con doscientas maestras de todo el país y a instantes de que el Ministro ingrese en el salón.
Suena el celular en medio del encuentro y desde la inmobiliaria me dicen que tengo que realizar un trámite urgente porque si no me cortan la luz. Me piden que envíe con urgencia mi documento escaneado antes de que cierre Edenor, o sea, “ya”. El Ministro está por entrar.
Pienso “no tenemos escáner en la oficina, estoy en el encuentro, no puedo salir a buscar un lugar”.
Una amiga tecnológica y joven me dice “le sacamos una foto con el ipod y lo enviamos por mail desde mi netbook”.
Ella comienza a realizar la operación, pero la llaman porque tiene que preparar su presentación. Me pide que termine yo, que es muy sencillo.
Entro en Hotmail, voy a “adjuntar archivos”; veo las fotos en miniatura; diviso mi documento. Le doy clic y lo envío con pocas explicaciones.
Un poco más tranquila, abro el archivo de la foto para ver si salió clara y me doy cuenta de que envié el documento de mi amiga, que tiene la mitad de mi edad, no se me parece físicamente y lo que es aún peor “tiene otro nombre”; la situación es irremediable. En el momento que estoy por corregir el error, mi amiga me pide el módem. Me quedo sin internet.
Está entrando el Ministro, la gente aplaude, comienzan las palabras. Yo pienso en la de la inmobiliaria recibiendo el documento equivocado. Me voy a quedar sin luz si no lo soluciono. Las maestras emocionadas con las palabras del Ministro… la entrega de ludotecas, de bibliotecas, “esta casa es de todos”, “todas las escuelas son de la Nación”, “lo que queremos es que vengan a discutir, a disentir, a llamarnos la atención por lo que deberíamos corregir”, “sabemos que hay muchas cosas para hacer, pero lo que más me duele es que digan que no hay salida en Educación, porque es un mensaje de desesperanza”, “sabemos que no estamos en el Paraíso, pero tampoco estamos en el infierno”. Y habla de las escuelas que se hicieron, de los materiales que se entregaron, de todas las cosas que faltan por hacer. Pienso en la biblioteca que estamos por entregar a los docentes del norte argentino y reflexiono acerca de la importancia de estar allí, en ese instante.
El Ministro termina. Todas quieren sacarse una foto con él. Las miro intercambiar sonrisas, risas, la alegría de estar con colegas de la otra punta del país cambiando ideas.
Me van a cortar la luz. Ya no me importa.

domingo, 10 de abril de 2011

La dificultad de ser. De Jean Cocteau

Capítulo: de la lectura
Libro de Jean Cocteau: La dificultad del ser. Ediciones Siruela
Año: 1998
Página 57

Comparto algunos pensamientos de este libro en el que Cocteau, cerca de su muerte y con la guerra en ciernes, reflexiona acerca de los universales de la vida:

"No sé si se leer ni escribir. Y cuando me lo pregunta la hoja del censo, me dan ganas de contestar que no.
¿Quién sabe escribir? Es luchar con la tinta para intentar que nos oigan y nos entiendan.
O cuidamos demasiado la tarea o no la cuidamos lo suficiente. Pocas veces damos con el intermedio que cojee con gracia. Leer es harina de otro costal. Leo. Creo que leo. Cada vez que vuelvo a leer, caigo en la cuenta de que no había leído. Es lo malo de una carta. Encontramos lo que buscábamos. Y con ello nos contentamos. La guardamos. Si la volvemos a encontrar, leemos otra carta que no habíamos leído antes.
Los libros nos hacen las mismas jugarretas. No nos parecen bien si no encajan en nuestro humor del momento. Si nos molestan, los criticamos, y esa crítica se superpone y nos impide leerlos lealmente.
Lo que el lector quiere es leerse. Al leer aquello con lo que está de acuerdo, opina que podría haberlo escrito él. Puede incluso guardarle rencor al libro por quitarle ese sitio, por decir lo que no supo decir él y que, en opinión propia, diría mejor"

sábado, 9 de abril de 2011

LA MENTE EN BLANCO

Intentás poner la mente en blanco y para eso utilizás los números de uno en uno, de diez en diez hasta que te perdés en alguna imagen que te invade a pesar de tus esfuerzos por contar.
Entonces, en vez de números, pensás en ovejas que saltan una y otra vez aquella verja que te enseñaron de niña. Aceptás la imagen con tal de que las ovejas salten rítmicamente al uno, dos, tres, cuatro. Pero de pronto una de las ovejas es de otro color, otra se tropieza y cae en el barro, otra se transforma en lobo y se ríe como hiena a carcajadas. Y te das cuenta de que tu mente está repleta de colores y el blanco es tan sólo una ilusión y no podrás lograrlo.
Dada la imposibilidad, pensás en sostener una imagen tranquila y agradable y te imaginás flotando en el mar en un día de sol. Y te aferrás a esa imagen lo más que podés, pero de pronto, el sol te quema la piel rabiosamente y la colchoneta se pincha y te comenzás a ahogar.
Intentás reponer la imagen, pero se te filtra la cuenta de gas que no recordás si pagaste y la contadora a la que no fuiste y que no entregaste el informe que te pidieron hoy a la mañana y que tal vez la felicidad que tenés se vea amenazada por alguna desgracia y que puedas quedarte sin trabajo y que el mundo pueda entrar en guerra y la tierra comience a temblar. Y te tranquiliza saber que ya todo está perdido. Y respirás profundo y te quedás dormida.

viernes, 8 de abril de 2011

Quiero ver, quiero ser, quiero entrar



Era una casa vieja que ni se adivinaba desde la vereda. Su pasillo largo y finito hasta el punto de ir contra las medidas reglamentarias estaba repleto de plantas, árboles y enredaderas que hacían que de a tramos hubiera que caminar torcido para llegar, por fin, hasta la puerta. Quizás por eso, nunca se usaban llaves y los que nos conocían entraban por la ventana o, en caso de que la categoría de “conocidos” no fuera tan cercana, tiraban una piedrita al vidrio de la habitación del primer piso, dado que tampoco había timbre.
De muchas habitaciones contiguas que se comunicaban a través de puertas siempre abiertas; de un patio al que se podía salir desde cualquier sector; y con muchas escaleras que, en cada habitación prometían privacidad, la casa era el refugio que habíamos elegido para vivir un largo tiempo y al que soñábamos convertir alguna vez, en algo como ¿dios manda?
Una mañana de domingo, desprolija, repleta de críos que correteaban por ahí sin importarles los proyectos de una casa mejor, ni mis humores de tener que buscar la vajilla en cajas apoyadas en lo que era la base de una futura e incierta mesada, sucedió el milagro.
Mi marido, al verme haciendo malabares en la cocina y adivinando el asomo de un desborde en mi mirada, se dirigió a la habitación de atrás en la que guardábamos muebles quién sabe para qué; y transformó un enorme ropero - ayudado por algunas herramientas, muchísimo ingenio y la misma enorme buena voluntad - en una mesada de cocina, con puertas y cajones, alta como para nosotros y particularmente diferente a cualquier otra que se vendiera en las casas especializadas.
Y en un momento de esa tarde, en la que yo le cebaba unos mates con poca azúcar y mucha culpa, escuché por la radio una canción que desde mis tiempos de soltera, sólo cantaba por dentro. Durante años habían estado prohibidas y aunque ya llevábamos un considerable tiempo en democracia, sería por motivos puramente comerciales que ni se pasaba por la radio, ni se vendía en las disquerías.
Y en el medio de la arquitectura de una vida construida sin instructivos, lloré por los años prohibidos, por los críos que seguían jugando alrededor y por ese hombre que era capaz de hacer cualquier cosa por verme feliz. Mi Cyrano de Bergerac que ataba todo con alambres.

Ensoñaciones

Con las manos en el teclado y la razón en el bolsillo.

Salvajemente bestia de formas y de luces
Entraba enmarañada por las fauces del león
Llevaba calcetines pujantes. Y violines.
Hacía rojas bocas con lápiz de neón.

Mínimamente dulce decía preocupada
Que las estrellas rosas se fueron del colchón
Quedaron nubecitas pegadas en el techo
Lentejuelas que no fueron, antorchas que no son.

Se trata de palabras y redes clandestinas
Que plasman y vomitan con desesperación
Se rizan onduladas en nieblas y tinieblas
Vuelan atormentadas en manos de un gorrión.

jueves, 7 de abril de 2011

Mirada urbana

Cabezas y pies; camperas, gorros y bolsos. Todos subiendo como uno, la marea. Nadie mira, nadie habla, nadie se mueve por sí. Ojos muertos, cuerpos inermes, pies bailando al son de una música interior. Acercamiento lejano de otros cuerpos, muchedumbre solitaria en el hedor. Sin embargo, adivino en esa masa, singulares que piensan en amores y penurias, que tienen hijos, madres, malas sangres, alegrías que piden una cumbia.

miércoles, 6 de abril de 2011

Hoy definimos ojos:


1. Bolitas acuosas que se desactivan al entrar al subte
2. Dispositivos que se utilizan para desarmar mentiras.
3. Joyas que se guardan en cajitas al caer la noche
4. Globos que se desorbitan cuando ruedan las pelotas.
5. Parejas que casi siempre acuerdan en hacer lo mismo.
6. Baldes que aunque se rebalsan siempre siguen llenos.
7. Lanzas que cuando apuntan, no fallan jamás.
8. Par de llaves infalibles para la educación y la crianza.

martes, 5 de abril de 2011

Todos somos artistas

Todos somos artistas.
Cuando tenemos una presión en el pecho a punto de estallar, somos artistas.
Cuando necesitamos decir más cosas a más personas, somos artistas.
Cuando fijamos la mirada en un punto incierto y nuestra imaginación da vida a algo nuevo, somos artistas.
Cuando sentimos, nos conmovemos y necesitamos comunicarlo, somos artistas.
Cuando nuestro cuerpo está inquieto, dubitativo, ansioso, queriendo hacer algo que trascienda, somos artistas.
Sólo que muchos, no lo sabemos.
Y el mercado es un muro. Y los prejuicios, otro. Y los miedos, y la autoestima. Y el qué dirán.
El secreto está en encontrar la herramienta adecuada. Y hasta que ese día llegue, habrá que buscarla denodadamente. Y jugar. Y equivocarse. Y soportar lo feo. Y aceptar la mirada de los otros.

domingo, 3 de abril de 2011

Una mancha más al tigre

Holaaa arruguita!! Bienvenida a mi cara; dejá las cosas por ahí y ponete cómoda. Te presento a tus vecinas: las de los ojos, las de la frente y a tus nuevas compañeras, las de los labios. Mirá, en cuanto lleguen unas más va a quedar listo el acordeón, así que mientras tanto andá practicando las actividades cotidianas; sólo un poco de gimnasia a la hora de los besos y los mates.
No…no tengas miedo, nadie te va a hacer daño; fijate qué bien cuidadas están las demás; nada de laser, ni de botox; mucho menos de bisturí. Pero eso sí, andá habituándote a las humedades de las cremas y muuuy de vez en cuando al barro de las termas de Copahue o al de San Marcos Sierra. Vas a tener que disculparme la falta de rutina en la que vivimos; si sos un poco obsesiva tendrás que acostumbrarte a las irregularidades de mi humor. Algunas veces habré de quererte, como hoy, que recién entrás en mi vida y justo estaba recordando lo que mi hijo mayor dice siempre acerca de “las arrugas de la experiencia”; otras, tendrás que soportar las sequedades climáticas a las que te someteré porque no siempre confío en los tratamientos y cada tanto me cuelgo; sobre todo a la noche, cuando el sueño me empieza a fastidiar y todavía no me decidí a buscar los frascos que te disimulan (perdón…no es que sienta vergüenza de vos, pero…los hombres...¿viste como son?)
Como verás, no tenés que preocuparte por tu lenta desaparición. Vas a conocer algunos productos que te ataquen con todas sus fuerzas, pero no pierdas las esperanzas, no tengo la paciencia suficiente para mantenerlos; ni el dinero, ¡que hay tantas otras cosas en qué gastar! Lo más seguro es que te topes con cremas de esos libritos que te dejan en tu casa; a veces se los compro a alguna compañera de trabajo o a la nieta de la señora que cuida a mi papá y no es que no los use, pero lo cierto es que casi siempre aparecen vencidos en el placard del baño y termino tirándolos a la basura.
Dentro de todo sos una privilegiada, porque desde hace mucho tiempo me empecé a preparar para recibirte. Siempre escuchaba que las de los labios, son las arrugas más difíciles de sacar y paso seguido, también me decía que, a pesar de eso, no iba a dejar de tomar mate, ni de dar besos con ruido; o de pronunciar las “u”, que, aunque no te creas son bastante usuales. Mirá….¿no te digo?…¡usuales!, ahí ya tenés dos.
Ni ahí podría dejar de decir: cuento, mucho, tú, puta, puchero, nunca.
Así que, bienvenida a mi cara arruguita, que hoy me encontraste de buen humor y con la firme intención de no perder mi dignidad

sábado, 2 de abril de 2011

REGLA NEMOTÉCNICA PARA NO OLVIDAR A CARLOS


Lo escribí el día que mataron al maestro neuquino que aún sigue en mi memoria. ¡Cuántas cosas ocurrieron en este corto tiempo que ha tomado la bandera de la justicia para reafirmar el "nunca más!"

Hoy, Carlos.
Mañana, el profesor de Neuquén que protestó por un sueldo.
Pasado, aquel maestro, - ¿de qué provincia era?
Tras pasado, - creo que fue en Neuquén que se armó quilombo con un maestro, ¿no?
Y Carlos se diluirá en nuestras venas, hasta que lo eliminemos con la orina.
Y Carlos sólo será Carlos para quienes sentirán su ausencia en los cuerpos.
El resto, será ficción a la hora de la cena, mientras hacemos zapping con Susana.
Habrá quien tenga el honor de tomar su lugar; aunque casi sin percibirlo, borrará en cada trazo sus restos de tiza y cambiará su olor por otro hasta que ya no se huela a Carlos en el aula.
Habrá chicos que lo lloren y se rían nerviosos, confundidos, por este incómodo tema de la muerte en la adolescencia.
Y nada, nada va a cambiar.
También fuimos Soledad, fuimos Cabeza, aunque finalmente, somos quienes somos una vez que el ruido acaba.
Todo vuelve a su lugar, y Carlos, esta vez sí con apellido, desaparecerá en el bullicio de un lenguaje que es silencio, para unirse a aquel “nunca jamás” que sólo es un quizás, un tal vez, un siempre o casi siempre.
Carlos Fuentealba: me ilusiona pensar que voy a trabajar para que lo antes dicho sea borrado por mis propias manos, e intentaré jugar con tu apellido para que quede sellado en mi recuerdo:
Y serás la Fuente de donde beber ese bendito remedio para la memoria.
Y serás el Alba que me recordará que hubo un profesor que luchó por sus derechos guiando mi tiza, cada mañana, a la hora de la clase.

Mis respetos y mi compromiso para preservarte en mi memoria.

viernes, 1 de abril de 2011

Ella me lo había prometido

Estábamos en un pasillo del colegio de monjas. Yo tenía cinco años y la hermana Crecencia me explicaba que Dios podía aparecerse ante mí, cuando lo quisiera. Y a pesar del miedo que eso me producía, la idea me resultaba atractiva. Ella también me decía que podía hacer los milagros que le pidiera si rezaba suficientemente y fueran absolutamente necesarios.
Me fascinaba la hermana Crecencia porque era como la misma Virgen; muy superior a aquellas que se encontraban colgadas en los cuadros o en las estampillas. De carne, hueso y perfume a violetas, tenía la tez blanca y una piel suave como jamás he vuelto a ver. Hermosa hasta el punto en que uno pensaba que no era cierta. Yo creía en todo lo que me contaba, ciegamente.
Una noche de otoño, le pedí a Dios mi primer y último milagro. Estaba por cumplir los seis años y nunca había podido tener el cabello largo. Recé lo que para mí fue casi toda la noche pidiéndole despertarme con el cabello hasta la cintura. Y tenía la certeza de que así iba a suceder. Ella me lo había prometido.
Y el milagro sucedió. Aunque cincuenta años después, cuando fui a la peluquería y encontré en el mostrador un hermoso mechón de cabellos rubio natural que una tal Lucrecia había dejado, seguro, para mí. Y salí con el cabello largo y rubio, tal como lo había pedido cuando tenía cinco años. La hermana tenía razón, sólo que no reparó en el detalle de explicarme que Dios mide el tiempo con distinta vara.

martes, 29 de marzo de 2011

Somos como dioses

Me gusta pensar las relaciones entre las personas como fenómenos climáticos.
Como proveedores de aire fresco o causales de tormentas.
Como lloviznas que no dejan de molestar, porque son finitas como las agujas.
Como huracanes que te dejan sin respiro cuando te anuncian algo que no esperabas.
Como tsunamis que te devastan y de los que te reconstruís sólo con el tiempo.
Como el sol calentito de la mañana que te hace sentir confortable y segura.
Como un nubarrón negro y cargado de llanto que ves que se avecina y no podés evitar.
Como un viento tibio que te despierta del sopor.
Como una nevada repentina que te deja sorprendida y helada.
Como una lluvia incesante que te obliga a quedarte en el lugar.
Como un terremoto que te hace temblar hasta el alma.
Los climas se provocan, se construyen. Podemos vivir en la tibieza de un invierno caribeño o en un terremoto con réplicas constantes. Sentir la lluvia como una amenaza, prevenirla a fuerza de paraguas o dejar que nos inunde. De alguna manera, somos como dioses que dirigen los piolines.