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ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA

ESCRITURA ESPONTÁNEA Y ROPA VIEJA Unas veces, salen sin pedir permiso y te piden que las pongas en algún lugar, como si estuvieras hablando y a las palabras se las llevara el blog. Otras veces, las encontrás en borradores que habías descartado y las ponés así, revueltas, desordenadas, como la ropa vieja que se cocina con lo que quedó de la noche anterior. Palabras que desean tocar, pellizcar, acariciar, poner la oreja y encontrarse con otras que al igual que ellas desean salir de alguna garganta.

sábado, 25 de junio de 2011

REINA

Estoy bien. Divina.
Me lo repito hasta el cansancio.
Necesito creerlo y así seguir un día más.
Y después otro.
Aunque cada mañana el Espejo traidor diga lo contrario.
Insolente, despreciativo.
¡Qué  derecho hay a ser tan impiadoso en la hora más vulnerable del día!
A interceptarte sin aviso. Así, de sopetón.
Cada vez que lo miro escucho el tic – tac de su reloj haciéndome burla.
Igual, estoy siendo injusta con él.
En realidad, lo prefiero antes que a otros.
A los  de la peluquería, por ejemplo, que casi no pueden sostenerse en las paredes,  porque ni bien te sentás en la butaca se confabulan con las luces y te hacen notar cada una de tus imperfecciones, que siempre mutan, se reinventan.
Y vos seguís siendo una chica como las que te rodean y se están peinando para salir de noche. Blancas Nieves que ni se enteran que alguna vez, vos también eras amiga del Espejo.
Pero lo que nunca le voy a dar, aunque lo pida de rodillas, es la indignidad del bisturí.
Las anestesias, los dolores, los sedantes, el reposo, la hinchazón, la espera, la falsa ilusión de la juventud.
Por eso cada mañana sostengo la pelea cuerpo a cuerpo. Y muchas veces él termina convencido de que estoy bien.
Divina.
Y así paso un día.
Y después otro.

viernes, 24 de junio de 2011

MUJERES

Mujeres. Tan universal, tan común, tan nombrado
Mujeres. Con la M de misterio, pero también de madre, de matrimonio, de mina, de muchas.
 La humanidad lleva siglos escribiendo y hablando acerca de las mujeres.
 ¿Qué se puede escribir que ya no se haya dicho, desde el humor o la tragedia, por mencionar un contraste, aunque más no sea?
 Todo. Se puede decir todo, aún.
Y no alcanzaría para comprender.
Y cuando uno no alcanza a comprender debe seguir hablando y hablando.
¿Cuántas voces puede tener una mujer?, ¿la de su madre, de su padre, de sus abuelos?, ¿la de su hermanos mayores, sus tíos solteros, su maestros?; ¿la de los personajes que más ha amado u odiado en su infancia?; ¿las de las novelas, las historietas o la misma realidad?; ¿la de las vecinas de su infancia, las amigas de su madre, las que embobaban a su padre?
Esas y más. No hay números cuando hablamos de mujeres. Porque los números son cárceles, casilleros que nos hacen predecibles. Y de esa manera podría estimarse que cuando llora una mujer lo hace por esta, o esta o esta razón.
1-¿Llora porque está triste?
2 - ¿Llora porque está alegre?
3 - ¿Llora porque se siente impotente?
Sin duda que no podríamos ajustarnos a los números. Porque cuando llora una mujer, o cuando ríe, o cuando se enoja, estallan los motivos y aparecen como borbotones que siempre nos sorprenden.  Se cruzan, se entremezclan. Se dicen y contradicen.  Y si el llanto salió por algún motivo inmerecido, una vez que se abrió siempre hay otros motivos que pueden acompañarlo. Jamás derrochamos una lágrima sin un motivo, aunque no sea propio.
En realidad nunca he escrito sobre las mujeres intentando definir o teorizar, nada. Porque es un terreno peligroso, en donde cualquier concepto es factible de ser estrangulado en manos de las propias mujeres que, por identificación y oposición, se sientan agraviadas o demasiado expuestas, quizás.
No me gustan las tesis sobre las mujeres. No me gustan las tesis, en general. Porque siempre hacen foco en algo muy preciso. Y mujeres es un recorte planetario. Cósmico, si se quiere.  
Por eso las pinto. Pinto mujeres. Y cuando aparecen los ojos, con esa magia que nos da el lápiz; en ese preciso instante, comienzan a decirme algo. Eso me ayuda a comprender un poco más. Luego se presentan y me dicen su nombre. Y no puedo evitar mirarlas una y otra vez prometiéndoles vida. No abandonarlas.
 Las teorías acerca de las mujeres siempre han sido y serán incompletas, por más que las ciencias avancen y nos metan chips en la cabeza y nos observen atentamente con las mejores nano-tecnologías.
Lo que hace un poco más comprensible, alcanzable y palpable a una mujer, son sus narrativas. Son aquellas cosas que dice acerca de los temas más triviales de la vida. Es en  un comentario, una apreciación, una certeza, una pregunta, un pedido, que podemos encontrar alguna llave posible para entrar al fascinante mundo de las mujeres.
Por eso, ¿cuántas mujeres nos habitan?
No es una pregunta que se pueda responder con números.
No es una pregunta que se pueda responder.
No es una pregunta.
No es una.
No es.
No.


martes, 21 de junio de 2011

I' RITA


Lo miré, como diciéndole que me jodía lo que me estaba diciendo. Pero, en realidad sé que tenía razón. Lo que pasa es que si cedo, después me lo tengo que bancar con el cantito de  que siempre tiene la razón.
Él me miró, como diciéndome que sabe que yo no me la creo, pero en realidad seguro que se sentía un hincha pelotas por decirme siempre lo mismo, así que se calló.
Después le ofrecí unos mates, como dejando claro que ahí se terminaba el tema, que ya está. Y él me dijo que no tenía ganas, que tenía acidez. Pero en realidad, sé que mi mirada lo había enculado y no podía dejar de pensar.
Después se hizo un té, como dándome a entender que es mejor dividir las aguas y cada uno con la suya. Entonces yo le  ofrecí una hojitas de cedrón que tenía secas en la mesada de la cocina, porque ya me estaban jodiendo ahí arriba desde hace días. Y de paso para apaciguarlo.
Él no aceptó, como quien te dice que no necesita un té calmante o sedante y me dijo que,  igual, gracias.  Pero un gracias que sonaba como un “déjame de joder”.
Y se fue a ver la tele con un té común. Sin mirarme, como expresando cierta distancia entre los dos. La forma de sentarse era la de quien se dispone a ver la nada y dejar el piloto automático.
Puso un programa neutro, de esos de actualidad, en el que coincidimos, como para no seguir con la hostilidad que se respiraba. Sabía que si hubiera puesto futbol la cosa iba a empeorar. Así que le insistí con los últimos mates y me dijo que sí, como para sacarme de encima.
Entonces me fui a la cama, para dejarle claro que me daba cuenta que quería estar solo. Al rato llegó al cuarto y se metió en la cama sin ropa. Yo estaba bien de mi lado, como para no tocarle ni los pies. Pero se ve que él estaba decidido a arremeter con todo. Así que le dije bien claro:
-¿qué te pasa?, ¿y ahora te acercás?
Y no puedo creer lo que me contestó:
- y….yo muchas ganas no tengo, pero como te me estuviste insinuando desde que llegué, sabés que para eso, soy un soldado.
 Por la cara que puso cuando terminamos creo que estaba pensando en otra. Yo pegué unos gritos de placer inigualables, pero en realidad, no podía dejar de pensar todo el tiempo por qué me despreció las hojitas de cedrón que le había ofrecido.
Ahora está roncando. Y eso es literal. Reflexión: cero.

LA NORMA


¿Todavía no pediste turno al dentista?
¿ Cómo que para qué?, para hacerte un control, para qué va a ser. Es así y punto.
 A esas cosas no hay que darle vueltas porque después vienen los dolores a la madrugada. Yo ya sé cómo es eso. La que termina sin dormir soy yo.
 Llamá por teléfono y después vas  a comprar unas salchichas para la noche.
 Y pan de panchos.
¿Cómo que a dónde? A  la granja que las vende sueltas y ahumadas.
Ni se te ocurra ir al supermercado de acá la vuelta.
Y antes de salir del baño, secá bien el piso y los azulejos para que no se percudan.
Si te cambiás en el cuarto, usá los patines, que siempre dejás el piso marcado de talco.
 Y cerrá la puerta del placar.
¿Vas a salir así? Esa camisa no te pega para nada con el pantalón.
Ponete esto, ¡mirá qué diferencia!
¿Vas con los chicos a comprar las salchichas?, llevalos, así se entretienen un poco, que yo tengo mucho que hacer  y me están volviendo loca……………
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......................................................................................................
¿Vas o no vas?...ah…porque te quedás mirando el televisor…y a esa película ya la viste más de mil veces; además, son puros efectos. Contenido, cero…………………
Ahhh…tomá, de paso sacá la basura cuando salís.
Y si te acordás, traete una mostaza. Andá… que suena el teléfonooooooo.

¡Holaa!  ¿cómo estás? ….yo, agotada. Acá…protestando, como siempre.  Es que en donde bajás un poco la guardia, te dejan la casa hecha un desastre.
Hay cosas que son del sentido común, pero los hombres tienen una especial habilidad para no usarlo. 

Te dejo porque el baño debe haber quedado hecho un desastre.
¡Mirá, la pileta llena de pelos!
¿Dónde habrá metido la tapita del dentífrico?

…espero que me traiga chocolate con almendras.
Sabe cómo me gusta.  Y también sabe que no me gusta pedirlo…¡que me encantan las sorpresas!



lunes, 20 de junio de 2011

ROSI


  En homenaje a esa ingenua romántica que llevamos dentro. 
Todas . ¿O casi todas?

Esa noche cenamos riñoncitos al vino blanco.
Él ya no lo recuerda, pero no importa. Yo sí, aunque pasaron veintisiete años. 
Hablamos de la pareja, de nuestro matrimonio reciente.
Y de nuestra edad.
De la preocupación de mis veintiocho años (y sus veintiséis) ¡y aún, sin tener hijos! 
Fue la noche más romántica de mi vida.
El antes y el después del que siempre se habla en todas las conversaciones importantes. 
Y en las películas.
La vez en la que tomamos la importante decisión de ser padres, de comenzar a ser tan imprescindibles como vulnerables, aunque no lo sabíamos, claro.
Fue un momento resolutivo y contundente  en un entorno de dulzura  y entrega que sólo los riñoncitos  al vino blanco podían acompañar.
Si bien era un restaurante medio pelo, grande y un poco frío, era el que podíamos pagar. Y no nos importaba ni el barrio en el que se encontraba, ni la calidad de la comida, ni la atención de los mozos, aburridos  y esperando que nos fuéramos para cerrar.
No teníamos un presente cómodo, es cierto. Pero sí un futuro eterno y promisorio. Y como los hijos siempre llegan con un pan bajo el brazo….
Jamás voy a olvidar cuando, sobre el final de la conversacion,  le pregunté, como para ir concluyendo:
-Entonces, ¿me saco el Diu? (dispositivo intra uterino)
Y él, mirándome a los ojos (creo) me contestó:  
 - Ma…sí….sacátelo!!!
¡Ma…sí…sa…cá….te…lo!!! Todavía me suena como una canción: masisacátelo, masi sacáte lo, maaaasiiiiisa…cáaaatelo…..
Pura poesía en sus labios. Y de las buenas. Maaa....siiiii...sacátelo....ritmo, melodía, amor....
¡Cómo podría vivir sin él!

sábado, 18 de junio de 2011

MARÍA DE LA CRUZ


Juro que hago todo lo que puedo.
Por  vos. Por todos ustedes.
Antes,  lo hice por ellos.
Hice todo lo que se debía hacer.
Cumplí mis obligaciones sin preguntarme por mis derechos.
Obedecí, me resigné  al pedacito que me tocaba.
Lloré, sufrí, trabajé.
Amamanté a unos cuantos.
Cargué todo el peso posible.
Trabajé en tiempos de ocio.
Dije muchas veces sí.

No bordé porque no me sale.
Mucho no cociné porque no tuve tiempo.
Tejí, desprolijo, pero tejí.
Cosí botones, lo que no es poco.
Pegué dobladillos y rodilleras.
Cuidé de las plantas, les hablé, aunque se mostraran hostiles, secándose.
Pero al menos, lo intenté.
Quizás, además de hablarles,  debí echarles agua. Perdón.   
Toqué el piano para mi papá, con errores, pero lo toqué.
Estudié los días feriados. Cada fecha en el almanaque.
Y cuando no lo hice, cuando me sorprendió una siesta con la guardia baja, se me remordió la conciencia, como debe ser.

Me entregué al amor. Y a veces fracasé con la mesura.
Perdón si mis zonas íntimas no respondieron al recato.
Traté de apagar el fuego todo lo que pude y usarlo sólo para la reproducción.
Quizás debí regarlo. Perdón.
Nunca supe cuánto iba de agua.
Ni dónde, ni cada cuánto.
Ni cómo se dominan los sueños. Quizás, si no durmiera...

Y tengo pena de todos, mucha pena.
Pero una pena buena, como una misericordia, algo así.
Pena del que se equivoca,  pena del que no se anima.
Pena del que se siente ridículo, pena del que no sabe qué decir.
Pena del que siente pena.
Pena de quien no la siente pero debería.

 Los pucheros  me derriten como la cruz al demonio.
Ante un puchero me desarmo y lloro con el que llora
para que lloremos juntos.
Y después lloro en soledad por no haber podido frenar el llanto.
Jamás pude resistirme a un puchero, a unos ojitos caídos.
A las almas en pena, a las penas sin alma.

Todos cargamos nuestra cruz.
Porque en algún lugar del Árbol nos la inculcaron.
La cruz no es sólo de los que la quieren.
La cruz es de todos.
Más o menos visible, la cargamos.
Algunos le llaman culpa.
Y yo la tengo.

jueves, 16 de junio de 2011

Con el sol en el bolsillo

Es una mañana gris.
Saco el sol del bolsillo de las cosas importantes.
Lo miro y después de un pequeño instante, me lo pongo de sombrero.
De a poco siento cómo mi cabeza comienza a calentarse.
 Y se me ocurren ideas fogosas que me alejan del gris del día.
Y me parece que esto va a durar, incluso, hasta muy entrada la noche.
Y que mi sol va a calentar las cabezas de los que estén a mi alrededor, si por esas causalidades, ellas están grises como el día.
Entonces vamos a vernos bien de cerca, hasta el más mínimo detalle, que incluye el alma.
Y aunque sea por un rato se van a iluminar esas zonas que siempre están viendo tinieblas y lluvias y huracanes.
Me gusta tener un sol en mi bolsillo de las cosas importantes.
Por las dudas. 

domingo, 12 de junio de 2011

Maldades de infancia


De secretos de infancia (parte ll)

Yo no me hacía pis de noche.
Era el gato de mis primos.
Eso decía mi tío Berna cada vez que mi mamá me retaba porque amanecía con las sábanas mojadas.
Por eso metí al gato en el inodoro del baño de atrás.
Y tiré la cadena para que nadie volviera a verlo más.
Y me fui corriendo a lo del Pato Scosimarro, el hijo del carnicero.
Y le conté todo.

Cuando volví, el gato estaba en el patio, al sol.
Le hacían masajes para que se recuperara.
No recuerdo qué ocurrió con él.
Quizás murió de pulmonía.
Tal vez fue sólo un chapuzón.
En casa no se volvió a hablar del tema.

viernes, 10 de junio de 2011

Secretos de infancia

 Entre la culpa y la vanidad


 Para reconstruir cada día nuestras concepciones de infancia, no hay nada mejor que hurgar en la propia historia e intentar llegar a lo más profundo de nuestros recuerdos. Encontrarnos con aquellos viejos secretos que nunca develamos y hemos sostenido bajo cualquier circunstancia. Desanudarlos para comprender quiénes somos. Porque, ¿quién dijo que los chicos dicen siempre la verdad?
La capacidad de mentir nos diferencia de las otras especies. Y cuando un niño aprende a hacerlo ha descubierto la llave de ingreso al mundo de los adultos.  
A los cinco años comencé el colegio primario en una escuela de monjas. En mi casa no eran muy religiosos que digamos, pero como la escuela estaba a dos cuadras de casa…
En primero inferior tuve una monja tan hermosa que años después, dejó los hábitos. Pero en primero superior tuve a la hermana Esther – que supongo  - habrá sido monja hasta el final de sus días. A diferencia de la dulce y candorosa hermana Crecencia, ella era “el deber, el sacrificio y la compasión”.
Cada semana entregaba un virgencita a alguna de sus alumnas, que estaba dentro de una caja de madera lustradísima con un vidrio desde donde se veía inalcanzable y frágil. Era un objeto muy preciado por todas. Pero había que tener algún motivo muy importante para obtenerla y llevársela el fin de semana, a saber:
portarse bien, realizar una buena acción o tener algún pariente enfermo.
Como las dos primeras opciones fueron intentos fallidos porque no se visibilizaban lo suficiente a los ojos de la hermana Esther y los días pasaban sin penas ni virgen, vino a mi mente aquella mala noche que había pasado en casa de mi tía, una vez que me quedé a dormir en su casa.
En realidad, si bien era cierto que mi tía tenía una enfermedad que le causaba mucho dolor y yo la había escuchado llorar casi toda la noche, tengo en el recuerdo que era más fuerte el deseo de adquirir la virgen, que la compasión por mi tía. Al dolor de aquella noche tuve que agregar otros anexos, ya que la hermana Esther no se convencía tan sólo con el dolor, así que puse mucho empeño en demostrar el drama que se vivía en mi familia y agregué que mi tía tenía la muerte anunciada. ¡Nada más efectivo que ese golpe!
Como en las peores películas del norte de nuestra América, una vez logrado el objetivo,  llegué a casa con una felicidad que no alcanzo a mensurar…. Creo que no he vuelto a sentir esa sensación ni siquiera cuando tuve mi primera bicicleta… Expliqué con algo de vergüenza que era por mi tía Coca que me la habían dado.
Y todos me besaron y dijeron cosas bonitas sobre mí. 
Y me abrazaron. Y me quisieron.Y fui una niña buena como querían mis padres.

Y recién ahora que lo estoy escribiendo descubro la trampa en la que estuve envuelta todos estos años. Porque, pensándolo un poco mejor, es claro que este secreto estuvo tan guardado como cargado de la culpa que me enseñaron en la escuela….
”si pensás una mentira serás castigada”, “la vanidad es un pecado, la misericordia, un valor”….
Recuerdo muy nítidamente aquella noche. Ese quejido constante, regular, atormentador, que me dio tanto miedo en el medio de la noche; en una cama ajena, en una habitación en la que se respiraba el dolor y la vida íntima de los adultos.
Quizás en aquel momento me asustó la vanidad de sentirme útil y visible a los ojos de los demás o la culpa de sentir felicidad. Pero supongo que hasta la madre Teresa debe haber sentido una y mil veces esa sensación de bienestar propio ligado al alivio ajeno.
No sé cuánto de vanidad y cuánto de compasión tuve el día que convencí a la hermana Esther.
Yo quería la virgen, pero también quería que mi tía no sufriera más.
 

jueves, 9 de junio de 2011

Distorsiones


Casarse con las cosas
Subirse a un ideal
Montarse una película
Dejarse llevar
Quedar enganchada
Vivir en una nube
Mantenerse de pie
Llorar a mares
Comerse el mundo
Hacerse la novela
Poner el pecho
Confiar en todo
Morir de amor


Atravesar
Descubrir
Suspirar
Insistir
Buscar
Luchar
Arder
Parir

¡Es romántico!
¡Ingenuo, pero romántico!
Nunca liviano, nunca neutro, nunca gris…

martes, 7 de junio de 2011

INSTANTE

A veces no te entiendo
te me quedás mirando, 
como si nada,
como si tuvieras la verdad de las cosas.
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Y no hablás,
parece que pensaras.
Y entonces yo también pienso,
y me voy yendo hacia atrás,
cada vez más atrás,
allá por donde ni siquiera existen las palabras,
sólo imágenes,
difusas,
de colores impronunciables.
 xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx
Y vuelvo, y ya no sé de qué estábamos hablando
y seguimos así, 
como si nada,
como si las cosas tuvieran alguna verdad.

lunes, 6 de junio de 2011

PRESENCIA

Estás
y mañana
seguís estando
Seguís
y mañana estás
y pasado
y después

Estás
nítido
visible
sólido

Esperás
y mañana
seguís esperando
Seguís
y mañana esperás
y pasado
y después

Esperás
sin relojes
ni agujas
ni reparos

sábado, 4 de junio de 2011

Declaración abierta

Me pregunto si ser romántico es un problema o una virtud.
Para alguna que otra ciencia, es un problema porque  - dicen - se pierde la perspectiva de la realidad; es como una lente distorsionada de lo que ocurre en el mundo. 
En realidad, ya no sé bien para quién es una virtud.
Pues yo lo soy. 
Me declaro romántica de todos los colores; también del rosa, aunque no sea el  color preponderante.
Mi lente aumenta las cosas de tamaño y dimensión. Y así:

Una lluvia es un diluvio;
una sonrisa, carcajada;
una lágrima, un desconsuelo;
la indiferencia, desprecio;
una batalla, la guerra;
enseñar, vaciarse y volverse a llenar;
un encuentro con amigas, la última cena;
una charla con los hijos, fiesta de cumpleaños;
una planta que crece, un milagro;
un niño, la verdad de las cosas;
un mate, una bendición;
un vino, una comunión.

A veces lo disimulo tanto, que casi nadie lo nota.
Otras veces, cuando no puedo evitarlo, se quedan mirando ante mi ingenua ilusión de que aún puedo transformar el mundo. Y me siento expuesta; entonces me guardo y la fiesta sólo ocurre en mi corazón.
Decir corazón es rosa, por eso casi nunca lo utilizo.
Decir corazón no está bien visto en un texto académico.
Entonces sólo lo escribo en mi blog.
Así uso la palabra corazón y dibujo corazones de todos los colores y no me importa  la cita al pie.   


Aclaración: por eso Arjona no entra en mis repertorios amorosos. Nunca me gustó que le canten a mis grasas abdominales. Mi marido jamás haría una cosa así. Decires....

domingo, 29 de mayo de 2011

Una pregunta inadecuada ¿?

Contexto:

En mis tiempos de directora de jardín de infantes, a medida que pasaban los años, la gran cantidad de maestras que formaban el equipo docente, no dejaban de tener hijos, por lo que siempre había alguien embarazada. Con el tiempo, los hijos de cada una comenzaron a habitar las salas de sus compañeras, porque la regla era que ninguno fuera alumno de su propia madre. Situaciones difíciles se ponían en juego. Competencias, sospechas, entredichos, alivios y tensiones. Pero también, momentos absolutamente disfrutables.

Escena escolar:

Una vez, una de las docentes de sala de tres, fue de visita con sus nenes a la sala de cuatro, en la que estaba su hijo. La idea era realizar una actividad en común. Iban a explorar distintas texturas de masas que se modificarían con el agregado de lentejas, arroz, sémola y otros objetos, como fósforos, tapitas de gaseosa, etc.
Fui a observar cómo realizaban la propuesta. La maestra de sala de tres explicaba con sumo cuidado todo lo que no se podía hacer con los objetos pequeños. “No los podemos poner en los ojos, ni en la nariz, ni en las orejas”….Y cada vez que estaba por detallar  algo más, decía lentamente las primeras letras para que los nenes completen la palabra. Los chicos comprendían absolutamente todo lo que no podían hacer, antes de comenzar a manipularlo.
En un momento, el hijo de la docente, que pertenecía a la sala de cuatro, levantó su manito. La mamá estaba contenta porque al fin, su hijo – a quien habíamos etiquetado de terrible -  se “portaba bien” en su presencia. Además levantaba la mano delante de la directora, lo que demostraba signos de civilidad. La madre le preguntó qué quería decir, con una sonrisa no del todo segura de lo que se venía. Y el nene dijo, tomando un puñado de porotos que había arriba de su mesa:

¿Seño….nos lo podemos meter en el culo?

Sensación:

Extraño esas cosas. Las preguntas directas. El interés genuino. La  lógica de pensamiento. La curiosidad.
Y recuerdo con suma presencia la voz de ese niño preguntando por aquel agujero. El  único agujero que no se había mencionado. 

lunes, 23 de mayo de 2011

El Arte de desaprender

O Intentos infructuosos de hacer el ridículo

Entrada en calor:

Hace unos años, en uno de los festivales del cine de la ciudad de Mar del Plata, subió al escenario del Teatro Auditorium, el director de cine Fernando Birri; hombre nacido allá por 1925 en la ciudad de Santa Fe y conocido por ser uno de los primeros documentalistas del país. Barba blanca, larga, muy larga y palabras que salían de la experiencia de quien ha vivido mucho y aún quiere seguir recorriendo camino, Birri dijo – entre otras cosas – que había emprendido el camino de “desaprender” todo lo que había aprendido hasta ahora.
Habrá sido hace unos diez años de esto y aún recuerdo sus palabras, aunque recién hace un tiempo empecé a comprender “en acto” lo que Birri estaba diciendo.
Dicen los que saben que cada generación se construye de acuerdo con el acervo de conocimiento que ha tenido a mano. Y en función del contexto en el que se cría y lo educan,  lleva consigo una situación biográfica determinada.

La cosa en sí:

Mi infancia es producto de una generación que ha sido víctima de dos grandes paradigmas forjados por la alianza entre las instituciones familia - escuela: la obediencia y el esfuerzo.  “El trabajo es dignidad”;  “si señorita, si mamá, si papá, si jefe” o “porque te lo digo yo”, fueron las frases más comunes del discurso hegemónico de la época.
Salvando las excepciones que dejarán conforme a todo aquel que no se sienta identificado, hemos sido víctimas de estas dos trampas que, por identificación o por oposición, marcaban el rumbo a cada paso, mientras dejaban huellas invisibles y silenciosas. Por un lado, el ocio no estaba bien visto y por el otro,  había que ser buen alumno, buen hijo, buen director (sí, porque si sos director, sos obediente…no cabe la menor duda).
Ya de grandes, seguramente educamos a nuestros hijos haciendo todos los intentos de alejarlos del paradigma de la obediencia; los pretendíamos “críticos”, “creativos”, “originales”. Y deseamos para ellos un mundo mejor en el que hicieran aquello que les produjera placer. Pero este no es el tema de “la cosa en sí”…lo dejo para otra oportunidad.  
Y llegada la hora de desaprender todo lo aprendido, muchos buscamos nuevos caminos que nos liberen, nos diviertan, nos desarmen, nos atraviesen, nos impacten. En ese proceso, yo he querido ir al extremo, porque necesito desesperadamente desescolarizar mi mente… ¡con tanta institución que siempre llevo alrededor!.

Anuncio del desenlace:

Hace poco comencé a estudiar el arte del Clown. En definitiva: el minucioso oficio de ser Payasa, considerando que iba a ser un espacio en el que quedaría expuesta al máximo de mi ridiculez.  
No me alcanzaba con contar historias en los cursos de narrativa; ni con expresarme a través de las máscaras y las danzas. Yo quería exponerme al error, a la vergüenza, al desparpajo.
  
Desenlace fatal:

El otro día, en un ejercicio de Clown tuve que improvisar una ópera frente a mis compañeros; no recuerdo bien qué hice, porque dejé que mi cuerpo entero se expresara.  Y le canté al sol, a las estrellas, exageré todo cuanto me fue posible; me arrebaté con los agudos, ensordecí como jamás lo hubiera pensado (con lo afinadita que suelo ser como buena profesora de música). ¡Al fin libre, pensé…estoy cantando mal, estoy haciendo el ridículo….por fin!
 Cuando la profesora evaluó a cada uno, a mí me dijo:
 - Bien, bien…. Luego miró al resto y dijo, como reflexionando: Silvia es obediente y se esfuerza mucho por trabajar.  

domingo, 22 de mayo de 2011

Como decía la Walsh, la eñe también existe….aunque no sólo en el Clarín de los sábados.


Un hombre que se enamora en otoño,
no es un ñoño
tan sólo porque use moño

Un hombre que se enamora en otoño,
es ñoño
porque sueña con tener retoños


Qué lío se me hizo entre Arcimboldo, las eñes y la desesperanza….cosas del domingo!!!

Correr el riesgo de equivocarse

Había algunos días que, en las clases de matemática de la escuela primaria, la maestra nos daba problemas para resolver y  premiaba con la mejor nota al que terminaba primero la tarea. Muchas veces terminé primero que mis compañeros, pero nunca entregué el cuaderno hasta no escuchar cuál era el resultado. Me parecía que si lo había resuelto rápido, seguramente, estaría equivocada. Creía que había otros alumnos más inteligentes, más dueños del mundo. Los que tenían una casa más grande y podían invitar a los amigos a jugar; los que iban en auto al colegio; los que se encaprichaban con tener el mejor reloj y lo conseguían; los que tenían padres profesores o maestros; las que tenían curvas que comenzaban a insinuar su adolescencia; las que tenían el pelo largo.

Esas pequeñas marcas de la vida cotidiana se fijan atravesando capas y capas que al crecer, uno – con suma paciencia – se tendrá que encargar de ir exfoliando. Y mientras tanto, se guardará en los cajones aquello que se dibujó o se escribió; se cantarán las propias  canciones como si fueran de otros; se bailará a escondidas; se hablará mencionando a otros autores para que la palabra propia tenga peso;  se mirará el mundo desde las filas de atrás para no llamar la atención; se dejará que otros más ambiciosos ocupen lugares que quizás,  no se merezcan; se creerá que el que dice que es bueno y mejor, es bueno y mejor.    

Y a pesar de que siempre hay tiempo para deshojar cada una de las capas y encontrar que el mundo también le pertenece, una jamás dejará de sentir que la vida hubiera sido otra si en la escuela primaria hubiera corrido el riesgo de ser la primera en entregar el resultado asumiendo la posibilidad del error.

sábado, 21 de mayo de 2011

LAS SIESTAS DE BELINDA

Shhhhh….es la hora de la siesta!! ….no hagas ruido. Ya sabés que tu padre tiene que descansar.
Esa hora duraba siglos para Belinda. Siglos haciendo el menor ruido en la cocina mientras esperaba a que sus padres se despertaran.  En el tiempo en el que ella era niña, sólo se podía jugar a unas pocas cosas en el espacio reducido de aquella cocina. Sin embargo esos juegos quedaron grabados en su memoria como una lista de almacén:

El juego de la leprosa, el médico y Jesús:

En esa época, Belinda había ido con su madre a ver la película Ben Hur y le había impresionado hasta el punto de querer volver a ver, una y otra vez,  la escena en que la madre y la hija del protagonista están en una cueva llena de leprosos; los que, al final se salvan por el milagro de Dios y vuelven a sus pieles lúcidas y rozagantes en tan sólo un abrir y cerrar de ojos. A Belinda le encantaban los milagros. Entonces, cuando jugaba  volcaba una vela encendida sobre su mano y dejaba que se formaran lamparones, de un lado y del otro. Cuando su mano estaba cubierta, ella se transformaba, a  veces en médico y pacientemente sacaba, uno por uno, los pedazos de vela que la curaban. Otras veces era el mismísimo Cristo y sacaba  los restos de cera mientras decía cosas como: “he venido a salvarte”. También lo hacía con plasticola y entonces utilizaba una pinza de depilar para extraer la piel.

(Demás está decir que, cuando Belinda creció y vio el documental de Michel Moore en el que cuenta que Charlton Heston – que era el protagonista del Ben Hur de su infancia, era el presidente de la Asociación del Rifle en EEUU, quedó por demás shokeada y entró en una desilusión profunda, sospechando así de cada ídolo de su infancia. Pero eso es otra historia)

El juego de la vendedora y el pinche:

 Había veces que de algún vuelto que le quedaba a Belinda cuando su madre la obligaba a hacer los mandados, se compraba talonarios de facturas. Y también tenía un pinche, de esos de metal que había en los negocios.
Y se sentaba y vendía y vendía no sé qué cosas, pero la cuestión era poner en las facturas, un nombre imaginario, una dirección y un precio con un firulete hacia abajo; luego,  arrancarlas e incrustarlas con fuerza sobre el pinche, como si estuviera muy apurada y ocupada. Ah!, también las firmaba. La firma la hacía sentir que ya era grande.

Debido a ese juego, la madre de Belinda se había entusiasmado con su futuro profesional e insistía en que tenía que estudiar Ciencias Económicas o en  que fuera Contadora y, aunque Belinda quería ser actriz, eligió lo más cercano que pudo al deseo de sus padres y su propio deseo: ser profesora de matemática.
Menos mal que sus padres nunca la vieron jugar a los leprosos; de lo contrario, Belinda se hubiera visto presionada a estudiar Medicina o a ingresar en un convento.  

martes, 17 de mayo de 2011

Belinda y el vendedor de globos 2

Confieso que no sé por qué caprichosa idea hice que Beatriz lo conozca a Alfredo. Supongo que por este costado infantil que no puedo callar. Por eso es posible que esta novela jamás llegue a publicarse. No tendría mercado editorial;  no sabrían en qué estante de las librerías ubicarla. ¿En el rincón destinado a la literatura “infanto – juvenil” (¡vaya título para mencionar a los que no están ni en una etapa ni en la otra!)?; ¿en el sector de folletines o novelas para mujeres enamoradas?; o lo que es peor, ¿en la mesa de saldos, conviviendo con cuanto  género sea posible? Lo cierto es que Alfredo es un personaje que me cae más que bien y para mí, ya es como de la familia. Veamos cómo se produce el encuentro con Beatriz:


Una mañana, Beatriz salió de su casa, como siempre, en bicicleta. Dejó el portafolios con sus exámenes corregidos, en el canastito de atrás y emprendió el recorrido  que una y otra vez realizaba hasta el colegio. Los semáforos estaban sincronizados y eso la hacía sentir resplandeciente. La puntualidad se lograba con tenacidad y esfuerzo. ¡Si lo sabrían los funcionarios de la Municipalidad, a los que les había enviado cientos de cartas documento instigándolos a que solucionen el mal funcionamiento del tránsito!
Si todo marchaba como debía, en ocho minutos estaría entrando a su trabajo. Esa era la manera en que la vida la sonreía; con una sonrisa justa, de cinco centímetros de ancho. No hacía falta más.
Pero, lamentablemente, Beatriz Linares Dambrosio no era el centro del mundo y a su alrededor, las cosas sucedían sin pedirle permiso. De pronto, cuando estaba parada en un semáforo y a punto de arrancar, se le cruzó un peatón, al que le tapaban la visión un conjunto de siete globos que al impactar, se soltaron por el aire subiendo libres ante la mirada de quienes estaban alrededor.
Y Beatriz estalló al ver que los ocho minutos de su viaje se convertirían en quince o tal vez más cambiando su día, indefectiblemente.
El hombre flacuchento, de pantalones azules a lunares blancos y su nariz roja y regordeta pegada quién sabe con qué tipo de pegamento a fuerza de caídas, se le aparecía ahí, como un conjunto de huesos tirado por un carruaje de globos. Un hombre insignificante que retrasaba su recorrido; un infeliz que no tenía otra cosa que hacer que la de ser ridículo. Y Beatriz reaccionó, con una voz que no salió precisamente de su cabeza, sino de su más puro instinto de mujer. A  partir de ahí, el reloj comenzaría a contar minutos extras que Beatriz no tenía previstos esa mañana:

-                             ¿QUÉEEEEEE ESTÁAAAA HACIENDOOOOOO? ¿NO VE QUE LLEGO TARDE PEDAZO DE ……PAYAAASO?”
-                             Y a  mucha honra. – contestó Alfredo, dejando salir suavemente de su boca un: - disculpe  señorita, ¿no querría aprovechar usted uno para su niño?- mientras que extendía su mano con un globo azul que se le había quedado enganchado en el pantalón.
-                             ¿Pero usted tiene idea de que con esos…. Uno, dos, tres... siete globos  pudo haberme matado?
-                             ¿No cree exagerar un poco…?...eeeh… ¿.perdón cuál es su nombre?
-                             Beatriz Linares Dambrosio, pero eso no viene al caso. No acostumbro a dar mis datos identificatorios a desconocidos.
-                             Alfredo Alcornoque, encantado.
-                             ¿Alcornoque? Mire señor, no estoy para bromas. Ya con su aspecto tengo suficiente como para que también su nombre sea una ridiculez.
-                             Epa, señora, la noto un tanto agresiva. ¿Qué tal si ese es mi verdadero apellido? Se dará cuenta usted de que no ha sido quien le habla el que lo eligió.  Que  yo sepa, cuando uno llega inocentemente a este mundo, ya hay un apellido esperándolo en el mismo momento del primer doloroso respiro.
-                             Sandeces, señor Alcornoque; la  Constitución Nacional, respalda a todo aquel ciudadano que desee cambiar su apellido cuando el mismo lo ridiculice. Sin ir más lejos, tengo una amiga de apellido REPOLLO que se hace llamar por el apellido de su madre. Simplemente Gómez.  Está visto que su oficio no son las leyes. 
-                             Sin embargo yo, tengo un amigo que se llama BOTE y no sólo no lo ha cambiado, sino que toda su vida ha quedado marcada por ese apellido. Demás está decirle, que hoy se dedica al remo. Y respondiendo a su hipótesis, está visto que mi oficio no son las leyes, sino las leyendas, las fábulas, las fantasías, en fin…..la imaginación.
-                             Hermoso lo suyo. Pero lo único que hasta ahora ha conseguido con todas esas cuestiones, es retrasarme en mis obligaciones.
-                             Disculpe señora que disienta nuevamente. Según los usos y buenas costumbres es obligación moral de una ciudadana como usted, el pedir disculpas a los transeúntes  que  circulan correctamente por la franja permitida de la calle, mientras intentan cruzar para llegar a su destino.
-                             No me hable de destino. Esto no estaba calculado en mi agenda.
-                             Hablando de agenda, tengo desocupado el jueves por la tarde ¿no quisiera usted salir a tomar un helado conmigo para terminar esta conversación que está siendo obstaculizada por el tránsito?
-                             Impertinente había sido el payaso.
-                             Más que impertinente, yo le diría atrevido. ¿Y? aún no me ha respondido
-                             No tengo en mis planes conocer a nadie más en lo que va del año. Ya el cupo está cubierto.
-                             Sin embargo, habrá oído usted decir que la excepción confirma la regla. Por lo tanto, para que sus reglas se cumplan siempre debe haber una excepción.
-                             Es matemáticamente correcto. No lo había pensado de ese modo. Sólo para no retrasarme unos minutos más, contesto que este es mi número de teléfono y que daré mi respuesta esta noche a las 21 hs., luego de consultar la agenda.  
-                             A las 21hs. estaré. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Tal como intuyo  que a usted le gusta.

El vendedor de globos se fue intentando reconstruir en su memoria el nombre de la tan bella señora:

 - Beatriz……Lin… ¿ares?..... ¿Damasco?... ¿Dombresio?..... ¡Da…mbrosio!....Be…Lin…Da… ¡BELINDA! ¡SÍ! ¡BEEELIIINDAAA! 

Y Beatriz Linares Dambrosio se fue pensando que Alcornoque era el nombre que se le atribuía al árbol de donde se extrae el corcho, pero que científicamente se llama Quercus Suber.

-Así que el señor Alfredo Quercus Suber se ha cruzado en mi camino. Es cierto que la excepción hace a la regla. Tan sólo por eso, le di mi número de teléfono; para no retrasarme más. Alfredo Quercus Suber…no queda nada mal…


Continuará…no sé cómo…pero continuará…

domingo, 15 de mayo de 2011

Mirada fragmentada

Bajo del subte en la estación Pueyrredón.
Hora pico.
Subimos la escalera mecánica cientos de cientos.
 Apretados, callados, quietos.  
Y otra vez, lo mismo.

Somos montones de marañas de pelos para hacer colchones,
inmensos ríos de sangre envasada en contenedores de distintas formas y tamaños,
un mar de tripas rellenas de excremento,
pilas de huesos con las que se podría construir una gran torre,
miles de agujeros de los que entran y salen cosas de distintos tamaños,
una montaña de corazones moviéndose al compás de los latidos,
montones de uñas con las que llenaríamos frascos de vidrio para decorar;
cantidades de bolas de ojos húmedas y silenciosas.

Salgo, me alejo de gente y  los fragmentos se juntan. Vuelven a aparecer las personas.
Así de deshumanizante es la escalera mecánica del subte, en una hora pico.